Esta noticia es una publicación original de Cinemascomics.com
Había algo que esta nueva Street Fighter necesitaba hacer bien antes incluso de preocuparse por la historia, las secuelas o el universo que Paramount quiera construir después: dejar de avergonzarse de ser Street Fighter. Después de la película de 1994 y, sobre todo, de aquella gris Street Fighter: La leyenda de Chun-Li, lo último que necesitábamos era otra adaptación intentando convencernos de que los Hadouken, el pelo imposible de Guile o el Psycho Power de M. Bison debían rebajarse para que el público pudiera tomarlos en serio. Kitao Sakurai entiende perfectamente que ahí nunca estuvo el problema y construye una película donde los colores, los movimientos especiales, los trajes exagerados y toda la maravillosa tontería de Capcom existen sin pedir disculpas.
Eso hace que durante bastantes momentos me lo haya pasado francamente bien. Hay combates con personalidad, Noah Centineo encuentra un Ken mucho más divertido de lo esperado, Callina Liang demuestra que Chun-Li puede sostener perfectamente el peso de la película y David Dastmalchian interpreta a M. Bison con esa maravillosa seriedad que permite decir “Psycho Power” sin convertir cada escena en un chiste. Incluso cuando aparecen Guile, Blanka o Dhalsim existe esa pequeña satisfacción de reconocer inmediatamente al personaje y comprobar que Hollywood, por una vez, no ha intentado esconder todo aquello que lo hacía especial.
El problema aparece cuando la película quiere enseñarnos absolutamente todo al mismo tiempo. Hay tantos luchadores, conflictos, bromas, traumas, flashbacks y piezas colocándose para el futuro que Street Fighter termina pareciéndose un poco a ese jugador que empieza a pulsar todos los botones esperando que salga un combo espectacular. A veces funciona. Otras, la pantalla se llena de movimientos y uno acaba preguntándose qué demonios estaba intentando hacer.
Ryu y Ken deberían ser el corazón de Street Fighter, pero solo uno de ellos sale realmente beneficiado
La película comienza en 1987 con una secuencia animada que presenta el primer World Warrior Tournament y establece la relación entre Ryu, Ken y su maestro Gouken. Ryu derrota a Sagat, pero aquella victoria y todo lo que sucede después terminan separando a los dos amigos. Cuando nos reencontramos con ellos en 1993, Ryu lleva una existencia prácticamente retirada mientras Ken ha convertido sus habilidades en espectáculo y vive de una fama televisiva que empieza a mostrar claros síntomas de agotamiento.
La llegada de Chun-Li vuelve a cruzar sus caminos cuando comienza a reunir combatientes para un nuevo torneo organizado por M. Bison, aunque resulta bastante evidente que la competición esconde algo más que la búsqueda del mejor luchador del mundo. Chun-Li persigue además sus propios objetivos contra Bison, Ken necesita demostrar que todavía merece la reputación que se ha construido y Ryu carga con un conflicto interior relacionado con Akuma que debería darle bastante más peso dentro de la historia.
Sobre el papel, este triángulo funciona estupendamente porque cada uno llega al torneo desde un lugar diferente. En pantalla, sin embargo, Noah Centineo termina llevándose buena parte de la película. Su Ken es arrogante, inseguro, ridículo cuando tiene que serlo y sorprendentemente entrañable cuando esa fachada empieza a romperse. El actor entiende que el personaje funciona mejor si no intentas convertirlo en otro héroe atormentado permanentemente serio, y encuentra un punto casi de estrella MTV noventera que lleva demasiado tiempo viviendo de su propio personaje público.
Andrew Koji tiene una tarea más ingrata. Su Ryu es mucho más solemne y queda rodeado de personajes que entran en escena con energías muchísimo más estridentes, de modo que su interpretación termina pareciendo apagada incluso cuando él está haciendo exactamente lo que pide el papel. El guion tampoco ayuda, porque durante una parte considerable de la historia lo aparta del centro de la acción, algo extraño teniendo en cuenta que estamos hablando de uno de los rostros fundamentales de la franquicia.
Lo frustrante es que cuando Ryu y Ken pueden simplemente compartir pantalla, la película mejora inmediatamente. Hay una pelea entre ambos que utiliza su forma de combatir para explicar la relación sin necesidad de grandes discursos: Ken ataca con toda la rabia acumulada mientras Ryu lo esquiva con una tranquilidad casi insultante, utilizando incluso un cojín para amortiguar una de sus caídas. Es divertida, cuenta algo sobre los personajes y demuestra que esta Street Fighter podía encontrar personalidad más allá de reproducir movimientos del videojuego.
Callina Liang entiende perfectamente lo que necesita Chun-Li

Callina Liang es probablemente la presencia más equilibrada de toda la película. Chun-Li tiene un objetivo mucho más claro que buena parte de sus compañeros y eso ayuda muchísimo dentro de una historia que no deja de abrir frentes. Su relación con Bison le proporciona una motivación personal, mientras su posición entre Ryu y Ken permite que sea quien devuelve la conversación a tierra cuando alguno de los dos empieza a perderse dentro de su propio drama.
También es una de las grandes beneficiadas por la apuesta física de las peleas. Liang vende realmente los movimientos de Chun-Li y Sakurai encuentra una manera bastante inteligente de trasladar sus técnicas sin convertirlas simplemente en recreaciones digitales del videojuego. Hay efectos, evidentemente, pero se nota que detrás existe coreografía, entrenamiento y contacto, y eso hace que muchos golpes tengan un peso que otras adaptaciones recientes de juegos de lucha han perdido por confiar demasiado en la postproducción.
Ahí está uno de los grandes méritos de la película. Los movimientos especiales están presentes y nadie intenta justificarlos. Los personajes pronuncian sus técnicas, lanzan ataques imposibles y aceptan que ese es simplemente el mundo en el que viven. Puede parecer una decisión obvia, pero hemos necesitado décadas para que una adaptación de Street Fighter entienda algo tan sencillo.
David Dastmalchian hace exactamente lo que M. Bison necesitaba
Bison podía convertirse fácilmente en el personaje más difícil de trasladar a imagen real. No basta con ponerle el uniforme y pedirle que parezca amenazador, porque cualquier intento de rebajar su teatralidad corre el riesgo de dejarte con un villano genérico. David Dastmalchian acierta precisamente porque interpreta todo el exceso con absoluta seriedad, como si hablar del Psycho Power fuese lo más normal del mundo.
Eso permite que el humor aparezca sin necesidad de que Bison esté constantemente guiñándole el ojo al espectador. Dastmalchian entiende el universo en el que se encuentra y no necesita disculparse por él, algo que también ocurre con varios de sus compañeros. Cody Rhodes consigue que Guile tenga algunos momentos realmente divertidos sin depender exclusivamente de ese monumental pelo rubio, Jason Momoa aporta más humanidad de la esperada a Blanka y Vidyut Jammwal transmite una presencia física magnífica como Dhalsim.
Precisamente por eso da tanta rabia que muchos apenas tengan tiempo para existir. Entre Balrog, Vega, Zangief, Cammy, E. Honda, Dan Hibiki y el resto del reparto, la película acumula tantos nombres reconocibles que algunos terminan convertidos en poco más que una entrada espectacular y un par de momentos diseñados para provocar la reacción del fan. Y ahí es donde empiezan los problemas serios.
El World Warrior Tournament debería importar muchísimo más
Si vas a reunir semejante cantidad de personajes alrededor del World Warrior Tournament, quiero sentir que estoy viendo un torneo. Quiero esperar los emparejamientos, conocer las rivalidades, disfrutar de cada combate y notar que una victoria o una derrota cambia realmente la situación de los personajes. Sin embargo, Street Fighter trata demasiadas veces la competición como una pieza más dentro de una película obsesionada con avanzar media docena de historias simultáneamente.
Hay peleas que pasan demasiado rápido, enfrentamientos que apenas reciben espacio y otros acontecimientos que directamente parecen ocurrir mientras la película está ocupada mirando hacia otro lado. El montaje salta entre personajes con tanta rapidez que algunos momentos no tienen tiempo de dejar huella antes de que llegue la siguiente trama, y las aproximadamente dos horas de duración producen una sensación bastante extraña: la película parece demasiado larga por todo lo que acumula y, al mismo tiempo, demasiado corta para desarrollar correctamente todo aquello que intenta contar.
Aquí habría sido mejor tener algo menos de generosidad con los personajes del videojuego. Entiendo perfectamente las ganas de verlos a todos y admito que yo mismo sonreía con muchas apariciones, pero una primera película no necesitaba presentar prácticamente medio roster. Reservar algunos luchadores para una continuación habría permitido que el torneo respirara y, sobre todo, habría dejado espacio para que Ryu, Ken y Chun-Li construyeran realmente el corazón que la historia quiere darles.
El humor salva muchos momentos que podrían haber resultado ridículos

Kitao Sakurai tiene experiencia en comedia y eso probablemente haya sido una de las decisiones más inteligentes detrás de su contratación. Street Fighter sabe que su universo es exagerado, pero en sus mejores momentos no se ríe de él; utiliza las propias personalidades para encontrar humor sin romper constantemente la ficción.
Ken funciona especialmente bien en ese terreno, Guile tiene una energía deliciosamente absurda y M. Bison consigue provocar alguna sonrisa precisamente porque Dastmalchian se niega a interpretarlo como un chiste. Esa combinación permite aceptar situaciones que en manos de otro director podrían haber provocado vergüenza ajena.
El problema llega cuando la película subraya demasiado su propia condición de locura consciente. Hay veces en que parece preocupada por recordarnos que sabe perfectamente lo ridículo que puede resultar todo esto, cuando ya lo habíamos entendido y estábamos disfrutando igualmente. No necesito que Street Fighter se disculpe ni que haga bromas sobre ser Street Fighter. Quiero que crea completamente en su propio universo, por imposible que sea, porque precisamente entonces es cuando mejor funciona.
Los años 90 le sientan estupendamente, aunque la nostalgia también necesita moderación
Ambientar la película en 1993 resulta una decisión excelente. Permite construir un mundo de recreativas, MTV, videoclips, colores imposibles y cultura pop que encaja perfectamente con la identidad de estos personajes, mientras la fotografía de Ken Seng abraza neones, textura de película y una artificialidad deliberada que hace que todo parezca estar ocurriendo dentro de una versión ligeramente deformada de aquella década.
Las secuencias animadas son otro acierto y aportan una personalidad visual que habría estado bien utilizar incluso un poco más. Donde la película pierde algo de sutileza es en la acumulación de canciones, marcas y referencias destinadas a recordarnos constantemente en qué época estamos. La nostalgia funciona cuando construye el mundo, pero empieza a cansar cuando notas demasiado la mano de alguien colocando objetos delante de la cámara para que digamos “yo recuerdo eso”.
Es un problema relativamente menor, porque visualmente Street Fighter tiene mucha más personalidad que buena parte de las adaptaciones recientes de videojuegos. Al menos aquí sabes qué película estás viendo con prácticamente cualquier fotograma.
Street Fighter está frustrantemente cerca de acertar del todo

Lo que más me fastidia es que las cosas que funcionan, funcionan de verdad. Noah Centineo tiene un Ken que merece otra película, Callina Liang demuestra que Chun-Li puede ocupar perfectamente el centro de esta franquicia, David Dastmalchian disfruta de un villano hecho para él y Sakurai entiende tanto la estética como la fisicidad que necesitaba el videojuego.
Por eso sus problemas estructurales pesan más. No estamos ante una adaptación sin personalidad ni ante otra película de Hollywood que haya cogido una licencia conocida para eliminar todo aquello que la hacía especial. Esta vez el material original está tratado con cariño y con conocimiento. El problema es que el entusiasmo parece haber impedido decir que no a demasiadas cosas.
El final, además, deja bastante clara la voluntad de continuar y eso contribuye a que algunas piezas parezcan estar colocadas pensando más en lo que vendrá después que en cerrar completamente esta aventura. No me molesta que quiera una secuela; después de años deseando una adaptación decente, sería absurdo quejarme porque quieran hacer otra. Lo que sí necesito es que esta primera película tenga suficiente entidad por sí misma.
Afortunadamente, me lo he pasado bien muchas más veces de las que me he aburrido, y eso ya la coloca varios escalones por encima de lo que Street Fighter había conseguido anteriormente en imagen real.
Por fin tenemos una Street Fighter reconocible; ahora falta convertirla en una gran película
Si creciste jugando a Street Fighter, aquí vas a encontrar bastantes momentos difíciles de resistir. Ver determinadas técnicas ejecutadas con verdadera fisicidad, reconocer a los luchadores casi antes de que hablen y comprobar que nadie ha intentado convertir este universo en una versión aburridamente realista produce una satisfacción que llevo demasiado tiempo esperando en una adaptación cinematográfica. Pero ser fiel no basta por sí solo.
Street Fighter entiende muy bien qué hacía especiales a los videojuegos, pero todavía no termina de saber cómo ordenar todo ese entusiasmo dentro de una película de dos horas. El torneo necesitaba respirar, Ryu merecía mayor protagonismo y varios personajes podrían haberse guardado tranquilamente para el futuro. Menos piezas probablemente habrían dado como resultado una película bastante más sólida.
Aun así, salgo con ganas de ver otra, algo que no habría apostado después de las anteriores adaptaciones. Si una segunda entrega mantiene la personalidad visual, la fisicidad de los combates, a estos actores y el evidente cariño de Kitao Sakurai por la franquicia, pero aprende a dejar respirar personajes y enfrentamientos, aquí puede existir una saga cinematográfica realmente divertida.
Esta primera entrega no es todavía el gran Street Fighter que llevábamos décadas esperando, pero por primera vez tengo la sensación de que Hollywood ha entendido qué botones tiene que pulsar. Ahora solo falta que la próxima vez no intente pulsarlos todos simultáneamente.
Sigue Cinemascomics en Google Discover para no perderte nuestras críticas, entrevistas y toda la actualidad de cine y videojuegos.
Esta noticia ha sido publicada por Cinemascomics.com




