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Crítica de Whalefall: una pesadilla claustrofóbica que encuentra corazón dentro del monstruo

Esta noticia es una publicación original de Cinemascomics.com

Hay películas cuya premisa parece diseñada para poder venderse en una sola frase, y Whalefall pertenece orgullosamente a esa categoría: un joven queda atrapado dentro de un cachalote y dispone de poco más de una hora de oxígeno para encontrar una salida. Brian Duffield podría haberse limitado a explotar esa idea como un ejercicio de supervivencia extrema, convirtiendo el interior del animal en una sucesión de obstáculos cada vez más desagradables, pero afortunadamente intenta algo bastante más ambicioso. La ballena es una trampa física, por supuesto, aunque también termina convirtiéndose en el lugar donde un hijo tiene que enfrentarse a todo aquello que nunca consiguió resolver con su padre.

La combinación no siempre funciona con la misma precisión. Hay momentos en los que Whalefall interrumpe demasiado su extraordinaria pesadilla submarina para regresar a recuerdos familiares que pierden fuerza por repetición, mientras algunas decisiones del tramo final exigen aceptar que la película abandona cualquier pretensión de realismo para entrar en un terreno mucho más emocional y simbólico. Pero cuando Duffield encuentra el equilibrio entre ambos mundos, el resultado es una experiencia extraña, angustiosa y visualmente distinta a casi cualquier gran producción reciente. Y eso, en una época donde demasiadas películas parecen construidas con las mismas piezas, ya merece bastante respeto.

Austin Abrams tiene que sostener Whalefall prácticamente sin palabras

Austin Abrams interpreta a Jay Gardiner, un joven cuya relación con su padre, Mitt, nunca terminó de cicatrizar. Después de la muerte de este, Jay regresa al océano buscando algo que le permita cerrar esa herida, pero el intento termina de la peor manera imaginable cuando una batalla entre un cachalote y un calamar gigante lo coloca literalmente en mitad de la cadena alimenticia.

A partir de ahí, Duffield convierte Whalefall en una especie de 127 horas biológica. Jay está prácticamente solo, lleva un regulador en la boca durante buena parte de la película y tiene pocas posibilidades de explicar verbalmente lo que está sintiendo. Abrams tiene que transmitir miedo, agotamiento, dolor y desesperación mediante los ojos, la respiración y un cuerpo que va deteriorándose a medida que la situación empeora.

No es una interpretación diseñada para acumular grandes discursos y precisamente por eso resulta más complicada de lo que parece. El actor tiene que mantener nuestra conexión emocional mientras la película le niega buena parte de las herramientas tradicionales, y consigue que pequeños avances que en cualquier otro contexto serían insignificantes se sientan como auténticas victorias. Encontrar aire, conseguir desplazarse unos metros o resolver un problema físico puede generar más tensión que muchas persecuciones construidas con presupuestos bastante mayores.

Después de haber hablado con Abrams durante la San Diego Comic-Con Málaga, resulta todavía más fácil entender hasta qué punto las condiciones físicas terminaron alimentando su interpretación. El actor nos explicaba que cuando aparecían el estrés o la angustia durante el rodaje prefería aceptarlos e incorporarlos al personaje en lugar de intentar eliminarlos, y esa sensación está constantemente presente en pantalla. Jay no parece estar interpretando la incomodidad: durante muchos momentos da la impresión de estar realmente intentando sobrevivir al entorno.

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El interior del cachalote es tan repugnante como fascinante

La gran estrella técnica de Whalefall es, inevitablemente, la ballena. El diseño de producción convierte su interior en algo mucho más interesante que una simple cavidad oscura y viscosa. Es un ecosistema gigantesco de músculos, fluidos, membranas y movimientos que parecen reaccionar constantemente a la presencia de Jay, hasta el punto de que por momentos resulta fácil olvidar que estamos supuestamente dentro de un animal terrestre y sentir que hemos entrado en una nave alienígena orgánica.

Brian Duffield aprovecha muy bien esa cualidad. El corazón funciona casi como un reloj monstruoso que recuerda constantemente que el animal sigue vivo, las paredes se contraen, el suelo cambia bajo los pies del protagonista y cada desplazamiento exterior del cachalote transforma también aquello que ocurre dentro. Cuando entran en juego otras criaturas marinas, la película abraza directamente una escala cercana al kaiju sin perder la sensación de que Jay continúa siendo apenas una partícula atrapada dentro de algo inconcebiblemente más grande.

La fotografía y, sobre todo, el diseño de sonido hacen muchísimo por mantener esa ilusión. Whalefall tiene golpes, rugidos, vibraciones y sonidos corporales que convierten la sala de cine en una extensión del propio animal. Hay secuencias en las que el espectador entiende lo que está ocurriendo fuera únicamente por la manera en que esas fuerzas atraviesan las paredes que rodean al protagonista, y esa decisión resulta mucho más efectiva que enseñar constantemente el espectáculo desde una perspectiva exterior.

No todo busca ser agradable. Hay ácido, sangre, tentáculos, heridas y una importante cantidad de materia orgánica cuya textura prácticamente puede sentirse desde la butaca. Duffield nunca convierte la película en gore puro, pero sí entiende que estar dentro del sistema digestivo de un cachalote no debería parecer una atracción especialmente higiénica.

Josh Brolin convierte al padre en otra presencia dentro de la ballena

La otra mitad de Whalefall está construida alrededor de Josh Brolin como Mitt Gardiner, el padre de Jay. La película utiliza recuerdos para reconstruir una relación dominada por la admiración, el resentimiento y una forma de entender la paternidad que termina causando tanto daño como aprendizaje.

Brolin resulta perfectamente creíble como ese tipo de padre capaz de enseñarte prácticamente todo sobre supervivencia mientras consigue que desees no volver a escucharlo nunca. Mitt posee conocimientos extraordinarios sobre el océano y quiere preparar a su hijo para enfrentarse al mundo, pero su manera de hacerlo es tan agresiva y emocionalmente torpe que Jay acaba rechazando también aquello que podría haberle resultado útil.

Ahí aparece la idea más interesante de la película. Jay necesita escapar de la ballena utilizando precisamente las enseñanzas del hombre del que lleva años intentando escapar emocionalmente.

Durante nuestra entrevista en Málaga, Brolin resumió esta lectura de una forma bastante reveladora al explicar que la ballena obliga al personaje a madurar. Mitt ha intentado llenar a Jay de conocimientos, pero nunca le permitió asimilarlos a su manera; atrapado dentro del animal, el hijo tiene finalmente que decidir qué parte de esa herencia quiere utilizar y qué parte necesita abandonar.

La metáfora no es precisamente invisible, pero funciona porque conecta directamente la aventura física con el conflicto emocional. La ballena deja de ser simplemente un monstruo enorme y pasa a representar esa influencia paterna gigantesca dentro de la cual Jay lleva demasiado tiempo viviendo.

whalefall fotograma

Los flashbacks son necesarios, aunque también frenan demasiado la película

El principal problema de Whalefall aparece precisamente donde reside buena parte de su corazón. Duffield necesita mostrarnos la relación entre Jay y Mitt para que la supervivencia tenga un significado mayor, pero la estructura de flashbacks termina abusando de esa herramienta.

Al principio funcionan especialmente bien. Cada recuerdo aporta una nueva pieza y muchas de las enseñanzas del padre encuentran después una aplicación concreta dentro del cachalote, creando una conexión elegante entre pasado y presente. La dificultad aparece cuando la película empieza a repetir la misma dinámica emocional y algunos regresos al pasado interrumpen secuencias de supervivencia que estaban funcionando perfectamente por sí mismas.

Hay una película de unos 85 o 90 minutos escondida dentro de los 106 que dura Whalefall, y probablemente habría sido todavía más contundente.

Eso no significa que eliminaría el componente familiar, porque entonces perderíamos justamente lo que diferencia la película de una simple atracción de supervivencia. El problema es de dosificación. En determinados momentos quiero regresar al interior de la ballena porque la tensión física ha conseguido atraparme, pero Duffield decide detenerse para insistir nuevamente en heridas familiares que ya estaban perfectamente claras.

Curiosamente, una de las mejores escenas entre Abrams y Brolin nace precisamente de esa incomodidad. Los propios actores nos contaron que una secuencia en el barco nunca parecía funcionar durante el rodaje y que ninguna toma les daba la sensación de haber encontrado exactamente lo que buscaban. Después terminó convirtiéndose en una de sus favoritas, probablemente porque esa incapacidad para encajar refleja perfectamente a dos personajes que tampoco saben cómo hablarse sin terminar haciéndose daño.

Brian Duffield vuelve a demostrar que le interesan los monstruos por lo que esconden detrás

Quien haya visto Nadie te salvará reconocerá inmediatamente algunas obsesiones de Brian Duffield. El director vuelve a colocar a un protagonista prácticamente aislado, reduce muchísimo los diálogos y utiliza una amenaza fantástica para hablar de algo bastante más humano.

En aquella película eran los extraterrestres; aquí es un cachalote.

Duffield tampoco parece demasiado preocupado por mantener Whalefall dentro de un único género. Hay supervivencia, body horror, aventura, drama familiar y momentos que se acercan sorprendentemente a lo espiritual. El tramo final lleva esa mezcla todavía más lejos y convierte la experiencia de Jay en algo parecido a un purgatorio, un espacio situado entre lo que fue y lo que podría ser si consigue salir.

Algunas de esas decisiones pueden resultar excesivas. La película empieza como una historia relativamente física y termina permitiéndose imágenes y conversaciones cuya lógica pertenece más al estado mental del protagonista que al mundo real. A mí no me funcionan todas con la misma intensidad, pero prefiero una película que arriesga demasiado a otra que jamás se atreve a salir de lo previsible.

Whalefall funciona mejor cuando deja de preguntarnos si todo esto es posible

Whalefall

Podemos discutir durante horas sobre si un ser humano podría sobrevivir realmente dentro de un cachalote, cuánto espacio tendría, qué ocurriría con el oxígeno o si determinadas partes de su anatomía permitirían las aventuras de Jay. Probablemente perderíamos la tarde y también buena parte de la gracia. Whalefall funciona cuando aceptamos su pacto y permitimos que esa imposibilidad se convierta en escenario.

Porque Brian Duffield no está haciendo un documental sobre cachalotes. Está colocando a un hombre dentro de algo enorme, oscuro y aterrador para obligarlo a enfrentarse a la única cosa de la que nunca pudo escapar realmente: la relación con su padre.

Cuando la película se concentra en esa idea, es emocionante, desagradable, sorprendentemente hermosa y genuinamente distinta. Cuando insiste demasiado mediante flashbacks o explicaciones, pierde parte de esa fuerza y hace que sus 106 minutos parezcan algo más largos de lo necesario.

Pero hay imágenes que se quedan contigo, un trabajo de sonido magnífico y un Austin Abrams entregadísimo que carga con una película donde literalmente casi todo intenta aplastarlo, digerirlo o ahogarlo. Eso hace que sus defectos resulten bastante más fáciles de perdonar.

Una aventura de supervivencia con algo más dentro

Lo más fácil habría sido convertir Whalefall en una película sobre escapar de una ballena. Duffield intenta convertirla en una película sobre salir de ella siendo alguien diferente de quien entró, y esa pequeña diferencia termina justificando buena parte de sus decisiones.

Josh Brolin aporta dureza y vulnerabilidad a un padre que nunca aprendió a comunicarse correctamente con su hijo, mientras Austin Abrams sostiene casi toda la película mediante una interpretación agotadora y extraordinariamente física. El espectáculo funciona, la claustrofobia también y algunas de sus criaturas marinas ofrecen secuencias realmente impresionantes, pero es la relación entre ambos la que impide que todo termine reducido a un parque de atracciones viscoso.

Whalefall no siempre consigue equilibrar perfectamente sus dos películas —el survival extremo y el drama familiar— y habría ganado mucho con algo más de tijera en sus viajes al pasado. Sin embargo, cuando ambas partes se encuentran, Brian Duffield consigue algo bastante difícil: que una película sobre un hombre atrapado en las entrañas de un cachalote pueda resultar tan angustiosa como emocional. Y teniendo en cuenta la premisa, salir de ahí con algo más que mucosidad ya me parece una victoria considerable.

Whalefall demuestra que todavía quedan películas dispuestas a partir de una idea completamente disparatada y llevarla mucho más lejos de lo esperado. Sigue Cinemascomics en Google Discover para no perderte nuestras críticas, entrevistas y estrenos.

Esta noticia ha sido publicada por Cinemascomics.com

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