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El director de Whalefall nos cuenta en exclusiva cómo fue rodar una película dentro del estómago de un cachalote, los sacrificios de Austin Abrams y por qué esta historia es mucho más que una aventura de supervivencia.
Hay películas complicadas de rodar y luego está Whalefall, una de esas producciones que parecen una idea estupenda hasta que alguien tiene que ponerse detrás de la cámara y descubrir cómo demonios se hace realidad. Porque una cosa es imaginar a un joven atrapado dentro del estómago de un cachalote y otra muy distinta es construir ese escenario, meter a un actor dentro, llenarlo de agua y conseguir que todo resulte convincente sin acabar convirtiendo el rodaje en una pesadilla. Precisamente de eso pudimos hablar con Brian Duffield durante la San Diego Comic-Con Málaga, donde el cineasta acudió acompañado de Josh Brolin y Austin Abrams para presentar su nueva película.
En nuestra entrevista exclusiva para Cinemascomics.com, el responsable de Nadie te salvará nos explicó las dificultades de una producción que llevó al límite a su protagonista, obligó a improvisar soluciones prácticamente imposibles y convirtió el interior de una ballena en uno de los escenarios más exigentes que ha tenido que dirigir. Lo curioso es que, detrás de semejante despliegue técnico, Duffield encontró una historia profundamente personal sobre la relación entre un padre y su hijo que terminó conquistándolo incluso antes de que la novela estuviera publicada.
Brian Duffield confiesa hasta dónde llegó Austin Abrams durante el rodaje

Cuando le preguntamos por las escenas que habían supuesto un mayor desafío, Duffield señaló inmediatamente las secuencias submarinas y todo lo que sucedía dentro del cachalote, dos entornos que exigieron una coordinación extraordinaria entre los especialistas, los equipos de cámara y un Austin Abrams que decidió implicarse mucho más de lo que cabría esperar de cualquier protagonista. «Es el actor más comprometido con el que he trabajado», nos aseguró el director, explicando que Abrams contrató a un instructor para aprender a bucear y terminó adquiriendo una preparación que le permitió participar directamente en buena parte de las escenas de acción bajo el agua.
El compromiso del actor fue mucho más allá de lo que se ve en pantalla. Austin Abrams viajó hasta Dominica, en el Caribe, para observar cachalotes en su hábitat natural junto al documentalista Patrick Dykstra, una experiencia que le permitió conocer de cerca el comportamiento de estos impresionantes animales antes de enfrentarse a su gigantesca recreación cinematográfica. Además, obtuvo una certificación avanzada de buceo y llegó a pasearse por su barrio cargando con el equipo completo para acostumbrarse a sus exigencias físicas, demostrando que se tomó muy en serio aquello de meterse en la piel del personaje, aunque en este caso habría que decir que terminó metiéndose en el estómago de otro.
Estar sentado dentro de la ballena también era una escena de acción
Uno de los detalles más sorprendentes que nos reveló Duffield fue que incluso los momentos aparentemente tranquilos resultaban extraordinariamente difíciles de filmar, porque el actor debía permanecer dentro de una estructura móvil, rodeado de agua y respirando mediante su propia botella de buceo, mientras el equipo técnico intentaba reproducir los movimientos naturales del cachalote. «Incluso cuando está sentado sin moverse dentro del estómago, es una escena de acción», explicó el cineasta, recordando que necesitaban meses de preparación para conseguir algunas de esas secuencias y que el desafío se multiplicaba cuando el decorado comenzaba a girar y zarandear al protagonista.
Para hacer posible semejante locura, Wētā Workshop construyó diferentes versiones del sistema digestivo de la ballena mediante estructuras flexibles, plataformas hidráulicas y mecanismos capaces de girar 360 grados, mientras que la producción también levantó un enorme tanque submarino de unos 662.000 litros para recrear las secuencias más complejas. Abrams terminó pasando 35 jornadas de rodaje dentro de los decorados que representaban el estómago, la garganta y el esófago del animal, una experiencia que exigió una enorme resistencia física y mental y que, según el director, afrontó con una entrega absoluta.
El rodaje de Whalefall obligó a cambiar los planes constantemente

Duffield no solo dirigió la película, sino que también escribió su guion junto a Daniel Kraus, autor de la novela original, de modo que conocía perfectamente cada situación que debía aparecer en pantalla. Sin embargo, durante nuestra conversación reconoció que buena parte de la planificación terminó quedándose obsoleta en cuanto comenzaron a trabajar dentro de los decorados, porque los movimientos que parecían perfectamente posibles sobre el papel se convertían en auténticos problemas cuando había que realizarlos en un espacio tan reducido y con un actor equipado para bucear.
«Planeábamos que Austin girara hacia un lado y se desplazara hasta determinado punto, pero entonces se quedaba atascado. Físicamente no podía moverse», recordó el director, que también nos habló de cámaras y objetivos que terminaron rompiéndose durante el rodaje y de jornadas en las que todo el equipo debía reunirse para encontrar una nueva forma de filmar escenas que llevaban meses preparando. Aquella situación les obligó a reinventar continuamente la puesta en escena y a buscar soluciones creativas sobre la marcha, algo que Duffield admite que no es su forma favorita de trabajar, aunque también considera que esa capacidad de adaptación fue fundamental para sacar adelante una película que intentaba mostrar algo nunca visto.
Lo que más ayudó al cineasta fue comprobar que todos los departamentos compartían el mismo entusiasmo por el proyecto y estaban dispuestos a afrontar sus dificultades sin renunciar a la ambición original, una actitud especialmente importante cuando algunas de las soluciones técnicas previstas dejaban de funcionar y había que replantear por completo cómo contar una determinada escena. «Todos queríamos afrontar el desafío de crear algo que realmente no se había hecho antes», nos explicó Duffield, reconociendo que muchas de las decisiones tomadas meses antes del rodaje resultaron prácticamente inútiles cuando llegó el momento de enfrentarse a la realidad de aquellos escenarios.
Entrevista completa con Brian Duffield en la San Diego Comic-Con Málaga
Durante nuestra conversación con el director de Whalefall también hablamos de su relación con la novela original, de cómo consiguió transmitir emociones con un protagonista que apenas puede hablar y de su propia fascinación por las profundidades del océano. Una entrevista exclusiva realizada por Cinemascomics.com en el marco de la San Diego Comic-Con Málaga que permite descubrir la enorme cantidad de trabajo, imaginación y sacrificio que hay detrás de esta peculiar aventura de supervivencia.
Brian Duffield quiso dirigir Whalefall antes de leer el libro
La relación del director con Whalefall comenzó de una manera bastante inesperada, porque no necesitó leer la novela para interesarse por ella y fue un simple mensaje en las redes sociales lo que despertó su curiosidad. Duffield nos contó que Daniel Kraus publicó un tuit explicando la premisa de su próximo libro y que, pese a no conocer personalmente al escritor, decidió ponerse inmediatamente en contacto con él para transmitirle su entusiasmo por una historia que parecía reunir todos los ingredientes de una aventura cinematográfica completamente diferente.
«Daniel publicó un tuit contando de qué iba a tratar su próximo libro. Nunca había hablado con él, pero le escribí directamente un mensaje privado porque me encantaba la idea», recordó el cineasta, que inicialmente solo conocía la parte de supervivencia dentro de la ballena y todavía ignoraba la importancia emocional que tendría la relación entre el protagonista y su padre. Fue precisamente ese segundo elemento el que terminó convirtiendo una propuesta llamativa en algo mucho más personal, especialmente porque Duffield acababa de convertirse en padre cuando recibió el manuscrito y descubrió una historia que conectaba directamente con sus propias emociones.
El director nos confesó que leyó la novela completa en una sola noche y llamó a Kraus al día siguiente convencido de que necesitaba llevarla al cine, hasta el punto de que utilizó una curiosa prueba personal para comprobar cuánto le importaba realmente el proyecto. «Si otra persona hacía esta película, sabía que me sentiría miserable durante años», reconoció, dejando claro que no estaba dispuesto a permitir que aquella historia terminara en manos de otro cineasta si podía evitarlo.
Whalefall plantea un desafío interpretativo casi imposible: actuar sin hablar y sin mostrar la cara
Otro de los aspectos que abordamos durante la entrevista fue la dificultad de dirigir una película en la que buena parte de la narración depende exclusivamente de las imágenes y de las reacciones de un protagonista que tiene muy pocas oportunidades de expresarse verbalmente. Duffield ya había explorado esta forma de contar historias en Nadie te salvará, protagonizada por Kaitlyn Dever, por lo que lejos de considerarlo un inconveniente reconoció que disfruta especialmente trabajando con personajes que apenas hablan y con situaciones en las que la puesta en escena debe transmitir por sí sola lo que está ocurriendo.
«Me encanta que no haya diálogos. Sería mi sueño», nos confesó entre risas, aunque inmediatamente reconoció que el trabajo con Austin Abrams había supuesto un desafío diferente porque el actor pasaba buena parte de la película con una capucha, una máscara o un regulador de buceo que limitaban enormemente su capacidad de expresión. La dificultad no consistía únicamente en transmitir miedo o desesperación sin recurrir a las palabras, sino en conseguir que esas emociones llegaran al espectador cuando buena parte del rostro permanecía oculta detrás del equipo.
Duffield recordó que el propio protagonista descubrió durante el rodaje que los recursos interpretativos habituales no funcionaban de la misma manera en aquellas condiciones, hasta el punto de que algunas reacciones que él consideraba exageradas apenas resultaban perceptibles en las imágenes. «Había momentos en los que venía a ver el monitor y decía que pensaba que estaba sobreactuando, pero como tenía la cara tan cubierta, prácticamente nada de aquello llegaba a la cámara», explicó el director, que considera especialmente meritorio que Abrams consiguiera encontrar nuevas formas de expresar las emociones de su personaje pese a todas las limitaciones físicas del vestuario y los dispositivos de respiración.
La situación también permitió a Duffield bromear sobre lo peculiar que resultaba contratar a una joven estrella de Hollywood para después pasar buena parte del rodaje ocultando su rostro bajo una considerable cantidad de equipo, una decisión que puede parecer poco práctica desde el punto de vista comercial, pero que resulta fundamental para mantener el realismo de una historia que pretende que el público sienta en todo momento que está acompañando al protagonista dentro de un animal gigantesco.
El miedo a lo desconocido y la verdadera historia que esconde Whalefall
Nuestra última pregunta al director estuvo relacionada con el miedo a lo desconocido y con la posibilidad de que trabajar durante tanto tiempo en una historia ambientada en las profundidades marinas hubiera cambiado su percepción del océano. Su respuesta fue tan divertida como reveladora, porque reconoció que las profundidades no son precisamente un lugar en el que se sienta cómodo y que, en realidad, una de las cosas que más le inquietan son aquellos espacios en los que considera que los seres humanos no pertenecemos.
«Tengo miedo de todo, así que no sé si esta película ha cambiado demasiado las cosas», respondió entre risas, antes de explicarnos que esa incomodidad también constituye una de sus principales fuentes de inspiración cinematográfica. «Las cosas que me dan miedo son también las que más me emocionan a la hora de hacer películas. Supongo que mi terapia consiste en convertirlas en cine», añadió, describiendo una relación con el terror y la incertidumbre que ayuda a comprender buena parte de su filmografía.
Aunque la premisa de Whalefall parece diseñada para provocar claustrofobia, la película también aborda el duelo y las relaciones familiares a través de Jay Gardiner, interpretado por Austin Abrams, un joven que regresa a Monterey después de la muerte de su padre, Mitt, al que da vida Josh Brolin. La difícil relación entre ambos constituye el auténtico corazón de la historia, porque Jay decide sumergirse en el océano buscando los restos de su padre y acaba atrapado dentro de un enorme cachalote, con una cantidad limitada de oxígeno y la necesidad de utilizar todo lo que ha aprendido para encontrar una salida.
La adaptación de la novela de Daniel Kraus cuenta además con Elisabeth Shue, John Ortiz, Jane Levy y Emily Rudd, y llegará a los cines el 16 de octubre de 2026 de la mano de 20th Century Studios. La producción combina decorados físicos, efectos visuales y una investigación científica sobre la anatomía de los cachalotes que permitió construir escenarios inspirados en el funcionamiento real de estos animales, aunque para Duffield lo verdaderamente importante nunca fue únicamente conseguir que el público creyera que Austin Abrams estaba dentro de una ballena, sino que comprendiera lo que su personaje estaba atravesando emocionalmente.
Nuestra entrevista en la San Diego Comic-Con Málaga deja la impresión de que Duffield se ha enfrentado a uno de los mayores desafíos de su carrera, pero también de que ha encontrado precisamente el tipo de historia que más le interesa contar: una aventura extraordinaria que utiliza una situación aparentemente imposible para hablar de sentimientos profundamente humanos. Y si además consigue que salgamos del cine mirando a las ballenas con una mezcla de fascinación y respeto, puede que haya logrado exactamente lo que pretendía.
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