Esta noticia es una publicación original de Cinemascomics.com
Loquillo siempre quiso ir a Los Ángeles. Yo siempre quise ir a Red Bank. Y hay una diferencia importante: yo sí llegué. No en un Cadillac solitario, ni borracho en una ladera del Tibidabo, sino en un tren que salía de Nueva York y me dejaba en un pequeño rincón de Nueva Jersey que, para cualquier persona normal, no tiene demasiado de mítico. Para mí, en cambio, era casi un lugar de peregrinación.
He ido tres veces. Las tres en tren desde Nueva York. Las tres con esa sensación absurda y maravillosa de estar visitando un lugar que conocía antes de conocerlo. Porque Red Bank no es solo una localidad: es una forma de entender el cine. Y tiene nombre y apellidos: Kevin Smith.
En Broad Street está Jay and Silent Bob’s Secret Stash, su tienda de cómics. Entré, compré mis muñequitos y salí con algo bastante más peligroso que una bolsa de merchandising: la convicción de que uno puede ponerse a hacer cine sin esperar a que nadie le dé permiso.
Por eso, de todo lo que he visto en la Comic Con de Nueva York de 2026, me quedo con una cosa: el retorno de Kevin Smith. No porque sea el director más elegante, el más premiado o el que más recauda. Precisamente por lo contrario. Porque hizo del cine imperfecto, descarado y profundamente suyo una manera de vivir.
Un dependiente con una cámara

Kevin Smith nació en Red Bank en 1970 y creció en Highlands, Nueva Jersey. Su padre trabajaba en Correos y, según ha contado Smith, detestaba su empleo. Aquella frustración dejó una lección: si vas a pasar media vida trabajando, intenta dedicarla a algo que te guste.
Smith abandonó sus estudios de cine en Vancouver y regresó a Nueva Jersey. Trabajaba en el Quick Stop de Leonardo, una tienda de conveniencia. Entonces descubrió Slacker, de Richard Linklater, y entendió algo revolucionario por su sencillez: si Linklater podía hacer una película sobre la gente de su entorno, él podía hacer otra sobre la gente que entraba en su tienda.
Así nació Clerks (1994), escrita a toda velocidad, financiada a base de tarjetas de crédito y de vender su colección de cómics, y rodada de noche, aprovechando el local donde trabajaba. Su presupuesto rondó los 27.575 dólares. El resultado era una película en blanco y negro, llena de conversaciones que parecían no ir a ninguna parte y que, sin embargo, hablaban de toda una generación.
Sundance, Cannes y la distribución de Miramax convirtieron aquella pequeña insolencia en un fenómeno. En 2019, Clerks entró en el National Film Registry de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos. No está mal para alguien que empezó rodando entre estanterías y una caja registradora.
El universo de los que nunca encajaron
Después llegaron Mallrats (1995) y Chasing Amy (1997). Para mí, esas tres películas forman el corazón de su obra: tipos que hablan demasiado, trabajan en empleos que no les entusiasman, se enamoran mal y utilizan los cómics, la cultura pop y el humor como un idioma propio. Smith convirtió lo cotidiano en un universo reconocible.
Con Dogma (1999) se atrevió a meterse con lo sagrado. Con Jay and Silent Bob Strike Back (2001) convirtió a sus secundarios en protagonistas. Luego vinieron Jersey Girl (2004), Clerks II (2006), Zack and Miri Make a Porno (2008) y Cop Out (2010). No todo funcionó. Ni falta que hacía: su filmografía tiene tropiezos, experimentos y ocurrencias que no siempre llegan a buen puerto.
Y ahí está parte de su grandeza. Smith no ha construido una carrera a base de esperar el proyecto perfecto. Ha hecho películas. Muchas. Algunas discutibles. Algunas estupendas. Y, además, ha creado alrededor de ellas una comunidad y una productora, View Askew, desde la que ha impulsado su propio mundo y colaborado con otros creadores.
Cuando parecía condenado a repetirse, se fue al terror con Red State (2011) y Tusk (2014). Después llegaron Yoga Hosers (2016), Jay and Silent Bob Reboot (2019), Killroy Was Here (2021), Clerks III (2022) y The 4:30 Movie (2024). Lo interesante no es que todo sea bueno. Es que sigue probando.
El día que casi no hubo retorno

El 25 de febrero de 2018 sufrió un infarto grave entre dos actuaciones de monólogos en California. Una obstrucción de la arteria descendente anterior, conocida popularmente como la «widowmaker», estuvo a punto de acabar con su vida. Canceló el segundo espectáculo y fue al hospital. La decisión le salvó.
Después cambió radicalmente sus hábitos, perdió mucho peso y habló públicamente, con su humor habitual, de dietas extremas, de patatas, de Weight Watchers y de la influencia de su hija Harley Quinn para adoptar una alimentación vegana. No es una historia que deba leerse como un manual de nutrición, sino como la reacción de un hombre que vio la muerte demasiado cerca.
De aquella experiencia nació una nueva lectura de su propia obra. Clerks III es, en el fondo, una conversación con la mortalidad, la amistad y el tiempo perdido. El chaval que filmaba en una tienda volvió a esa tienda para preguntarse qué había hecho con su vida. Eso ya no es solo una comedia de colegas: es cine autobiográfico con cicatrices.
Nueva York 2026: el regreso del universo Askew
En la Comic Con de Nueva York de este año, Kevin Smith volvió a recordarnos que su universo sigue vivo. Su aparición en torno a Jay and Silent Bob’s Joint Venture, el videojuego de Nitrate Games, conecta de nuevo a los personajes de sus películas: Dante, Randal, Brodie, Holden y hasta Mooby, ese becerro dorado de su particular mitología. El lanzamiento está anunciado para 2027.
También se habla de nuevos proyectos para Jay y Bob el Silencioso y de una continuación de Dogma. Son anuncios que habrá que seguir y confirmar conforme se concreten calendarios, rodajes y estrenos. Pero lo verdaderamente interesante es otra cosa: casi treinta y cinco años después de empezar, Smith continúa haciendo exactamente lo que lo convirtió en alguien especial. Reunir a su gente, contar historias y divertirse haciéndolo.
Su tienda de Red Bank no es únicamente una tienda. Es una prolongación física de su imaginario: cómics, recuerdos, podcasts, encuentros y una cultura de aficionados que se reconoce en sus personajes. En una industria obsesionada con las grandes franquicias, él fabricó la suya con amigos, conversaciones y una enorme cantidad de mala leche bien administrada.
Siempre quise ir a Red Bank

A mí me gustan esas películas que quizá no deberían gustarme tanto. Las que tienen defectos evidentes, pero también algo que ninguna superproducción puede comprar: personalidad. Y me gusta la idea de que el cine no tiene por qué ser un club privado al que se entra con invitación.
Por eso fui a Red Bank. Por eso volví. Y por eso, cuando vi a Kevin Smith en la Comic Con de Nueva York de 2026, pensé en aquella primera visita a su tienda, en los muñequitos que compré y en las ganas de empezar a rodar mis propias historias.
Loquillo quería ir a Los Ángeles y terminó en el Tibidabo. Yo crucé el Atlántico, me subí a un tren y terminé frente a una tienda de cómics de Broad Street. No encontré Hollywood. Encontré algo que, para mí, era mucho mejor: la prueba de que se puede empezar a hacer cine desde cualquier sitio.
Lo mejor de la Comic Con de Nueva York 2026 no fue una gran exclusiva. Fue volver a ver a Kevin Smith. Porque el verdadero retorno no consiste en regresar a una franquicia: consiste en no olvidar nunca por qué empezaste.
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