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La isla olvidada llega en un momento especialmente interesante para DreamWorks Animation, justo cuando el estudio parece haber recuperado las ganas de experimentar con estilos, culturas y personajes que no responden a una única fórmula. Después de El Gato con Botas: El último deseo y Robot salvaje, esta nueva película vuelve a demostrar que DreamWorks funciona mejor cuando deja de intentar parecerse a sí misma y se permite construir mundos con una identidad mucho más marcada.
Y aquí hay identidad de sobra. La película dirigida por Joel Crawford y Januel P. Mercado mezcla amistad adolescente, fantasía, mitología filipina, humor absurdo y una aventura que por momentos parece no saber estarse quieta. Esa energía puede resultar excesiva en algunos tramos, pero también forma parte de su encanto, porque detrás de toda la parafernalia visual hay una historia bastante sencilla y muy reconocible sobre lo que ocurre cuando una amistad que parecía eterna empieza a cambiar.
Jo y Raissa son el verdadero corazón de La isla olvidada
La película sigue a Jo y Raissa, dos amigas que se conocen de niñas y terminan desarrollando una relación prácticamente de hermanas. Jo es impulsiva, imaginativa y vive muy conectada a las historias que le ha transmitido su abuela, mientras Raissa es mucho más disciplinada y tiene claro desde pequeña que quiere estudiar, avanzar y construir una vida lejos de su ciudad.
Ese contraste podría haberse convertido en una dinámica demasiado evidente, pero la película acierta al no presentar a ninguna de las dos como “la correcta”. Jo tiene miedo de quedarse atrás y empieza a esconderse detrás de la nostalgia, mientras Raissa lleva tiempo preparándose para una nueva etapa que no sabe cómo explicar sin hacer daño a su amiga.
Cuando Raissa anuncia que se marchará a Estados Unidos para estudiar en Caltech, el conflicto deja de ser una simple aventura juvenil y aparece la verdadera amenaza de la película: la posibilidad de que esa amistad deje de ocupar el mismo lugar en sus vidas.
Es un miedo muy concreto y bastante universal. No hace falta haber viajado a una isla mágica ni enfrentarse a criaturas mitológicas para reconocer esa sensación de descubrir que alguien con quien has compartido media vida empieza a caminar hacia otro lugar.
La película se vuelve completamente loca cuando llega a Nakali
La aventura fantástica comienza cuando las dos terminan transportadas hasta Nakali, la isla olvidada de las historias que la abuela de Jo le contaba cuando era pequeña. Lo mejor es que despiertan sin recordar exactamente qué ocurrió durante las horas anteriores, de modo que buena parte de la película se convierte en una reconstrucción caótica de sus propios pasos.
La idea tiene algo de comedia de resaca trasladada a una película familiar y funciona sorprendentemente bien. Raissa aparece con parte de la cabeza rapada, unas alas extrañas adheridas a su cuerpo y señales de que las dos han hecho bastantes cosas de las que no recuerdan absolutamente nada.
A partir de ahí, La isla olvidada acelera muchísimo. Aparecen nuevas criaturas, reglas, lugares y personajes casi constantemente, y hay momentos en los que la película parece competir consigo misma para introducir la siguiente idea antes de que hayas terminado de procesar la anterior.
Ahí está probablemente uno de sus principales defectos. Le cuesta respirar. Hay escenas emocionales que agradecerían unos segundos más de silencio antes de que aparezca el siguiente gag o la siguiente criatura, y en determinados tramos la cantidad de estímulos puede llegar a resultar agotadora. Pero cuando logra frenar, la película funciona de maravilla.
La mitología filipina no es decoración, sino parte del mundo
Uno de los aspectos más interesantes de La isla olvidada es cómo utiliza la mitología y el folclore filipinos sin convertirlos en una exposición constante para el espectador. Nakali está llena de criaturas que probablemente resultarán desconocidas para buena parte del público occidental, pero la película no se detiene continuamente para explicar de dónde viene cada una. Las integra dentro del viaje de Jo y Raissa y deja que vayamos entendiéndolas a medida que avanzan.
Entre ellas está Manang, una Manananggal interpretada por Lea Salonga, una criatura con alas de murciélago y una presencia bastante inquietante para tratarse de una película familiar. También aparece Batiba, interpretada por Jenny Slate, una criatura vinculada a los recuerdos que parece adorable hasta que empiezas a comprender realmente qué quiere.
Y luego está Raww, con la voz de Dave Franco, una especie de hombre-perro incapaz de controlar completamente sus transformaciones y uno de los personajes más divertidos de toda la película. Cada vez que empieza a comportarse como un perro, existe el riesgo de que alguna parte de su cuerpo decida seguirle el juego.
La sensación es que DreamWorks no ha querido utilizar el folclore como simple exotismo visual, sino convertirlo en la materia prima de todo el universo. Y eso le da a la película una personalidad que muchas producciones animadas actuales agradecerían tener.
Visualmente es otra demostración del buen momento de DreamWorks

Si algo está quedando claro en esta nueva etapa del estudio es que DreamWorks ha dejado atrás la obsesión por una animación 3D uniforme. La isla olvidada vuelve a mezclar acabados digitales con texturas que parecen dibujadas, cambios estilísticos, momentos bidimensionales y composiciones que recuerdan tanto al anime como a determinadas etapas de la animación occidental.
No todo está hecho para parecer “bonito”. Hay criaturas grotescas, diseños deliberadamente raros y secuencias que abrazan una estética casi de dibujo improvisado cuando la comedia lo necesita.
Ese cambio constante de lenguaje visual encaja perfectamente con Nakali, una isla que parece construida a partir de historias transmitidas durante generaciones y reinterpretadas por la imaginación de Jo.
Después de El Gato con Botas: El último deseo y El robot salvaje, DreamWorks vuelve a demostrar que su futuro visual puede estar precisamente en no imponer una única estética a todas sus películas. De hecho, ayer repasábamos en Cinemascomics las mejores películas de DreamWorks Animation aprovechando precisamente el estreno de La isla olvidada, y esta película encaja perfectamente dentro de esa idea: el estudio funciona mejor cuando cada proyecto puede encontrar su propio lenguaje.
No todos los secundarios funcionan igual de bien
La enorme cantidad de personajes que aparecen durante la aventura aporta mucha variedad, pero también provoca que algunos funcionen mejor como ideas visuales que como personajes completos.
Bungi, el enorme bebé demonio interpretado por Manny Jacinto, es probablemente uno de los más divertidos, mientras que Mermahn convierte prácticamente cada aparición en una pequeña explosión de absurdo. Batiba, por su parte, tiene suficiente ambigüedad para resultar mucho más interesante de lo que parece inicialmente.
El problema es que la película quiere presentar tantas criaturas, reglas y lugares que algunas pasan demasiado rápido. Hay momentos en los que acabas de conocer a un personaje y ya estás atravesando otro escenario completamente distinto.
Tampoco todas las bromas funcionan igual de bien. Hay humor escatológico, transformaciones absurdas y gags muy orientados al público infantil que conviven con ideas bastante más oscuras relacionadas con la muerte, el abandono y la pérdida. La combinación no siempre es elegante, pero curiosamente sí resulta coherente con una película que nunca pretende comportarse de manera demasiado seria.

Lo mejor aparece cuando la aventura deja de ser lo importante
Por mucho que Nakali esté llena de criaturas y peligros, la verdadera historia siempre vuelve a Jo y Raissa. Jo no quiere aceptar que su amiga se marche porque eso implica asumir que una etapa de su propia vida está terminando. Raissa, en cambio, siente culpa por querer avanzar, como si perseguir algo que desea significara necesariamente abandonar a la persona que más quiere. La película entiende algo bastante bonito: una amistad puede cambiar sin convertirse en un fracaso.
No todas las personas que fueron imprescindibles durante una etapa de nuestra vida siguen ocupando exactamente el mismo lugar años después. La distancia, el trabajo, los estudios o simplemente el crecimiento cambian las relaciones, y eso no invalida lo que fueron.
Cuando La isla olvidada llega finalmente a esa idea, toda la fantasía adquiere sentido. Los recuerdos, los objetos asociados a ellos y la propia isla funcionan como metáforas de esa obsesión por preservar algo exactamente como era. Ahí la película encuentra una emoción mucho más auténtica que cualquier gran secuencia de acción.
DreamWorks tiene otra película con personalidad propia
La isla olvidada no es perfecta. Tiene demasiada energía, introduce más criaturas de las que realmente necesita y en ocasiones parece tener miedo de quedarse quieta durante más de unos segundos. Algunas escenas emocionales podrían haber ganado muchísimo con un ritmo menos acelerado. Pero también tiene imaginación, personalidad visual y dos protagonistas cuya relación termina importando mucho más de lo que parecía al principio.
Lo mejor es que no intenta esconder su identidad cultural para resultar más accesible. Confía en que el espectador puede entrar en un mundo construido con referencias que quizá no conozca y entender perfectamente aquello que sí reconoce: el miedo a quedarse atrás, la tristeza de una despedida y la necesidad de aceptar que crecer también significa dejar que algunas relaciones cambien. Después de varias películas que han devuelto a DreamWorks una identidad visual mucho más atrevida, La isla olvidada confirma que el estudio atraviesa uno de sus momentos creativos más interesantes.
En Cinemascomics también puedes leer nuestro especial con las mejores películas de DreamWorks Animation, donde repasamos cómo ha evolucionado el estudio desde sus primeros títulos hasta esta nueva etapa creativa. Y puedes seguir Cinemascomics en Google Discover para recibir directamente nuestras críticas, rankings y noticias de animación en tu feed.
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