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Crítica de El árbol muy muy lejano: una fantasía familiar encantadora que a veces se pasa de azúcar

Esta noticia es una publicación original de Cinemascomics.com

El árbol muy muy lejano (The Magic Faraway Tree) parte de uno de esos mundos que forman parte de la infancia británica desde hace generaciones. Las historias de Enid Blyton comenzaron a publicarse en 1939 y, como Narnia, Nunca Jamás o la fábrica de chocolate de Willy Wonka, terminaron convirtiéndose en uno de esos lugares imaginarios que muchos lectores sienten casi como un recuerdo propio. Llevar algo así al cine siempre implica un pequeño peligro: si intentas modernizarlo demasiado, puedes destruir su inocencia; si lo respetas literalmente, corres el riesgo de acabar con una película tan empalagosa que solo funcione para niños muy pequeños.

La adaptación escrita por Simon Farnaby, responsable también de Paddington 2 y Wonka, consigue mantenerse durante buena parte del metraje en un punto intermedio bastante agradable. No alcanza la precisión emocional ni el humor de aquellas películas, pero encuentra algo importante que las historias originales necesitaban para funcionar en pantalla: una familia a la que realmente podamos acompañar. Ese es el gran acierto de una película visualmente deliciosa, ocasionalmente agotadora y mucho más efectiva cuando se preocupa por los Thompson que cuando intenta convertir cada rincón mágico en un nuevo espectáculo.

Una familia necesita empezar de nuevo antes de encontrar la magia

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Polly y Tim están agotados. Ella, interpretada por Claire Foy, trabaja como ingeniera para una empresa que está desarrollando un frigorífico inteligente capaz de vigilar los hábitos de toda la familia y recordarte incluso cuándo sueles beber una copa de vino. Que la voz del electrodoméstico sea la de Judi Dench ya explica bastante bien el tono de la película.

Cuando Polly descubre hasta qué punto el producto invade la intimidad de sus usuarios, decide dimitir por principios. La decisión obliga a la familia a abandonar el piso y el coche de empresa y recuperar una vieja carpeta donde ella y Tim anotaban los sueños que tenían cuando eran estudiantes. Así terminan trasladándose al campo con sus tres hijos, instalándose en un antiguo granero y apostándolo prácticamente todo a una idea bastante improbable: conseguir que la salsa de pasta de Tim les permita quedarse allí definitivamente.

Es una base narrativa sencilla, pero funciona porque permite que la fantasía tenga algo contra lo que apoyarse. Beth está pegada al teléfono, Joe vive obsesionado con su videojuego favorito y la pequeña Fran prácticamente ha dejado de hablar. No estamos ante una familia destruida por una gran tragedia, sino ante algo mucho más cotidiano: cinco personas que viven juntas y que han dejado de prestarse verdadera atención.

Ahí es donde la película resulta más cercana. Claire Foy aporta una humanidad muy agradecida a Polly, especialmente cuando el guion deja de convertirla en “la madre responsable” y le permite mostrar cansancio, inseguridad o frustración. Andrew Garfield tiene momentos realmente divertidos como Tim y transmite perfectamente la bondad del personaje, aunque en ocasiones lleva su entusiasmo hasta un terreno demasiado infantil y termina pareciendo menos adulto que sus propios hijos.

Ese desequilibrio no rompe la película, pero sí explica una de sus debilidades: El árbol muy muy lejano quiere que prácticamente todos sus personajes sean adorables, excéntricos o entrañables al mismo tiempo, y tanta simpatía acumulada acaba necesitando algo de descanso.

El árbol mágico es exactamente el tipo de lugar que un niño imaginaría

Crítica de El árbol muy muy lejano

Cuando Fran entra en el bosque y conoce a Silky, la hada interpretada por Nicola Coughlan, la película encuentra su verdadera identidad visual. La niña descubre un gigantesco árbol habitado por personajes imposibles y coronado por una escalera que conduce hacia diferentes mundos que pasan sobre él y cambian constantemente.

Aquí el diseño de producción de Alexandra Walker hace buena parte del trabajo. El árbol tiene ese aspecto ligeramente artesanal que permite creer que estamos viendo una ilustración infantil convertida en escenario real, y la película acierta al no presentar el mundo cotidiano como algo gris y miserable para que la fantasía parezca más espectacular por comparación. Los dos mundos tienen belleza propia.

Silky resulta especialmente simpática porque Nicola Coughlan entiende perfectamente que no debe interpretar a un hada con ironía. La película nunca parece avergonzarse de su material y ese detalle resulta fundamental. Moonface, interpretado por Nonso Anozie, el Hombre Cacerola de Dustin Demri-Burns o la frenética Dame Washalot de Jessica Gunning son personajes absurdos, pero nadie los trata como si estuvieran por encima del público infantil al que se dirige la historia.

El problema aparece cuando conocemos demasiados personajes seguidos y cada uno necesita su propio maquillaje, su propia voz exagerada y su propio pequeño gag. Enid Blyton podía permitirse episodios construidos alrededor de encuentros encantadores sin demasiada progresión narrativa; una película de casi dos horas necesita algo más.

Simon Farnaby intenta resolverlo utilizando a la familia Thompson como columna vertebral y funciona bastante bien hasta cierto punto, pero incluso él tiene dificultades para convertir toda esa colección de extravagancias en una historia completamente cohesionada.

Cuando la película baja el volumen es cuando mejor funciona

Los distintos mundos que aparecen sobre el árbol permiten introducir deseos, tartas, dulces y situaciones cada vez más absurdas. En la Tierra de los Cumpleaños, los niños reciben la posibilidad de formular deseos que inevitablemente salen mal, obligándolos a enfrentarse a las consecuencias de aquello que creían querer.

Esta parte tiene una estructura muy clásica de cuento infantil y funciona especialmente bien porque los tres hermanos comienzan a cambiar sin que la película necesite convertir el aprendizaje en una lección demasiado solemne. Beth y Joe empiezan obsesionados con aquello que han perdido al abandonar la ciudad, mientras Fran es precisamente quien más rápido comprende que el nuevo mundo puede ofrecerles algo diferente.

Billie Gadsdon resulta muy natural como Fran y evita que el personaje se convierta en una simple “niña mágica” utilizada para descubrir el mundo fantástico. Delilah Bennett-Cardy y Phoenix Laroche también encuentran progresivamente un tono más interesante cuando sus personajes dejan de ser simplemente “la adolescente del móvil” y “el niño del videojuego”.

La película es menos convincente cuando siente la necesidad de llenar cada minuto con color y excentricidad. El monstruo de cinco cabezas, uno de cuyos rostros pertenece a Michael Palin, tiene gracia; Rebecca Ferguson aparece como una delirante Dame Snap; Jennifer Saunders prácticamente roba cada escena en la que entra como la madre de Polly. Todo eso funciona por separado, pero junto termina provocando una sensación de saturación.

Hay momentos en los que el espectador adulto puede terminar deseando exactamente lo contrario de lo que promete la película: un par de minutos donde nadie lleve un sombrero gigantesco, grite una ocurrencia o atraviese una puerta hacia otro mundo.

El verdadero encanto no está en los mundos mágicos

Crítica de El árbol muy muy lejano

Lo más curioso de El árbol muy muy lejano es que su mejor idea termina siendo también la más sencilla. A medida que los niños descubren lugares extraordinarios, esos mundos empiezan a perder parte de su atractivo frente a algo bastante menos espectacular: estar juntos.

La película consigue que esa evolución no suene únicamente como otro discurso contra las pantallas. Sí, existe una crítica evidente al móvil, los videojuegos y esa tecnología que pretende hacerlo todo por nosotros, pero el mensaje funciona mejor cuando se aleja de “internet es malo” y se acerca a algo más humano. Los Thompson habían dejado de mirarse. La magia les obliga a hacerlo otra vez.

Hay un momento especialmente bonito relacionado con la propia infancia de Tim que conecta ese aprendizaje con una de las ideas más melancólicas de la película: crecer significa perder determinadas cosas, incluso cuando no somos conscientes de que las estamos dejando atrás. Ahí aparece una sensibilidad que recuerda bastante más al mejor Farnaby de Paddington y Wonka.

No porque la película se vuelva triste, sino porque entiende que la nostalgia funciona mejor cuando lleva algo de pérdida dentro.

Demasiado dulce, pero difícil de mirar con cinismo

El árbol muy muy lejano no consigue escapar completamente de aquello que podría hacer desconectar a muchos adultos. Hay momentos excesivamente cursis, algunos secundarios parecen personajes de una pantomima navideña que han llegado varios meses antes y la estructura empieza a notarse demasiado episódica conforme aumenta el número de tierras mágicas y criaturas.

También habría agradecido que Andrew Garfield rebajara un poco el entusiasmo de Tim en determinadas escenas. El actor tiene un talento natural para resultar cercano, pero la dirección le empuja en ocasiones hacia una energía demasiado frenética que compite con todo lo que ya está ocurriendo alrededor.

Aun así, cuesta enfadarse demasiado con una película que nunca mira por encima del hombro a los niños ni convierte su propia fantasía en un chiste.

Ben Gregor dirige con suficiente confianza visual para que el universo tenga personalidad, Claire Foy proporciona el necesario anclaje emocional y Simon Farnaby encuentra una historia familiar dentro de unos libros que nunca estuvieron especialmente interesados en construir una gran trama.

No tiene la precisión de Paddington 2, ni el sofisticado equilibrio entre melancolía y espectáculo de Wonka, pero tampoco necesita convertirse en ninguna de ellas. Su objetivo es más modesto: recuperar durante un par de horas esa sensación infantil de que detrás del bosque puede existir algo imposible y que todavía tenemos edad suficiente para entrar. Y cuando deja de esforzarse tanto por resultar adorable, El árbol muy muy lejanoconsigue ser exactamente eso: una película familiar cálida, divertida y genuinamente encantadora, aunque con suficiente azúcar como para agradecer que la aventura termine antes de pedir otra ración.

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Esta noticia ha sido publicada por Cinemascomics.com

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