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Hay mezclas que parecen diseñadas únicamente para llamar la atención durante cinco minutos y otras que, una vez empiezan a funcionar, hacen preguntarse por qué nadie las había intentado antes. Bass X Machina pertenece claramente al segundo grupo. La nueva serie de animación de Netflix toma al legendario Bass Reeves, transforma el Oeste americano en un territorio poblado por máquinas, brazos cibernéticos, poderes sobrenaturales y tecnología imposible, y utiliza toda esa exageración para construir un western sorprendentemente consciente de aquello que quiere contar.
Podría haberse limitado a ser una sucesión de tiroteos espectaculares con estética anime. De hecho, cuando quiere hacerlo, Studio Mir demuestra que tiene pocas dificultades para convertir un duelo, un tren o una enorme máquina de guerra en un espectáculo visual. Sin embargo, detrás de esa superficie existe una historia mucho más interesada en la violencia, el racismo, la identidad y la incómoda pregunta de qué significa defender una ley que nunca fue creada pensando en personas como su protagonista.
El resultado no siempre encuentra espacio suficiente para todas sus ideas. Sus seis episodios avanzan con tanta energía que durante la segunda mitad algunas transformaciones importantes necesitan más tiempo del que reciben y el desenlace tiene algo de final y algo de promesa de continuación. Pero incluso cuando tropieza, Bass X Machina tiene personalidad suficiente para evitar convertirse en otro producto de animación adulto intercambiable dentro del catálogo de Netflix.
Bass Reeves ya era una leyenda antes de necesitar un brazo mecánico
La verdadera historia de Bass Reeves habría sido suficiente para sostener una serie sin necesidad de añadir absolutamente nada. Nacido bajo la esclavitud y convertido posteriormente en uno de los primeros alguaciles federales negros al oeste del Misisipi, Reeves desarrolló durante décadas una reputación extraordinaria persiguiendo fugitivos en el Territorio Indio. La cultura popular lo ha recuperado con más fuerza durante los últimos años, pero Bass X Machina decide utilizar al personaje histórico como punto de partida en lugar de intentar reconstruir su biografía.
Aquí encontramos a un Reeves interpretado por Brian Tyree Henry que todavía trabaja como cazarrecompensas y está cansado de la violencia. Tiene familia, una esposa embarazada y suficientes fantasmas del pasado como para entender que retirarse probablemente sea la decisión más inteligente. El problema es que la posibilidad de desaparecer tranquilamente nunca suele existir para los protagonistas de un western.
Una última misión lo pone tras la pista de un científico desaparecido. A cambio recibirá 1.000 dólares y la posibilidad de convertirse en el primer marshal negro, pero el viaje rápidamente empieza a conectar con aquello de lo que Bass lleva años intentando escapar. Su brazo izquierdo no es simplemente una prótesis: es una máquina capaz de transformarse en arma y una cicatriz permanente de los experimentos que sufrió durante la guerra.
Esa modificación resume muy bien la filosofía de la serie. La historia real está ahí, pero LeSean Thomas no tiene intención de encerrarse dentro de ella. Quiere preguntarse qué ocurriría si el western, el steampunk, la ciencia ficción, el anime y la historia afroamericana compartiesen el mismo territorio.
El Oeste de Bass X Machina es una maravilla llena de contradicciones
Lo primero que sorprende es la naturalidad con la que conviven elementos que, sobre el papel, deberían chocar constantemente. Hay caballos junto a vehículos mecánicos, pistolas tradicionales frente a armas capaces de disparar sustancias imposibles, enormes autómatas y personajes que controlan fuerzas elementales. Incluso podemos encontrarnos construcciones capaces de levantarse del suelo y empezar a caminar sin que la serie pierda por completo la sensación de estar viendo un western.
Studio Mir consigue que el steampunk parezca pertenecer realmente a este mundo. La maquinaria no se siente superpuesta sobre escenarios del Oeste para conseguir una imagen llamativa, sino integrada en la arquitectura, las armas, los transportes y las diferencias de poder entre quienes habitan ese territorio.
También resulta acertado que la tecnología no haya creado una utopía. Este Estados Unidos alternativo puede disponer de máquinas increíbles y seguir segregando a sus pasajeros por raza dentro de un tren. Puede construir enormes maravillas industriales y continuar pagando menos por capturar a un fugitivo negro que por uno blanco.
Ahí aparece una de las decisiones más interesantes de la serie: la tecnología ha avanzado, pero la injusticia no. El progreso material no ha corregido automáticamente el racismo, la explotación o las estructuras creadas para mantener determinadas jerarquías.
La serie podría haber desarrollado mucho más el origen de esa revolución tecnológica. Hay momentos en los que apetece saber cuándo aparecieron determinadas máquinas, cómo cambiaron la Guerra Civil o por qué ciertas innovaciones están completamente normalizadas. Bass X Machina rara vez se detiene para responder esas preguntas porque considera más importante lo que ese mundo hace con Bass que la construcción exhaustiva de una cronología alternativa.
Es una pequeña frustración, pero también evita que la serie se convierta en un manual de historia ficticia.
Dana consigue que Bass Reeves no sea simplemente otra máquina de matar

El viaje introduce rápidamente a Dana Starr, una joven inventora de 14 años interpretada por Tati Gabrielle que busca a su tío desaparecido. Bass no quiere cargar con ella y Dana no tiene absolutamente ninguna intención de aceptar un no por respuesta.
La dinámica resulta inmediatamente familiar. El pistolero veterano y endurecido debe atravesar un territorio peligroso acompañado por una joven idealista que cuestiona su manera de resolver los problemas. Hay bastante de True Grit en esa relación y la propia serie parece perfectamente consciente de ello.
Dana busca soluciones que permitan mantener viva a la gente mientras Bass ha aprendido que determinados problemas se resuelven mucho más rápido disparando. Ella conduce su extraña bicicleta mecánica junto al caballo de Reeves, manipula robots, improvisa herramientas y contempla los avances tecnológicos con un entusiasmo que contrasta constantemente con la mirada cansada de su compañero.
El problema es que la serie repite demasiadas veces el mismo enfrentamiento entre ambos. Bass quiere que Dana regrese a casa, ella se niega, algo sale mal y la conversación vuelve a empezar. Habría sido más interesante abandonar antes ese círculo y dedicar ese tiempo a profundizar en cómo los dos modifican realmente la visión del otro.
Aun así, Brian Tyree Henry y Tati Gabrielle consiguen sostener la pareja. Henry aporta a Bass una gravedad extraordinaria incluso cuando el personaje permanece aparentemente inmóvil, mientras Gabrielle evita que Dana se convierta simplemente en la adolescente hiperactiva diseñada para sacar al héroe de su silencio.
Cuando la relación funciona, Bass X Machina entiende que Dana no necesita enseñar a Reeves que matar está mal y él tampoco necesita demostrarle que su idealismo es absurdo. Los dos están intentando descubrir cuánto de sus convicciones puede sobrevivir cuando el mundo deja de cooperar.
La violencia importa porque Bass sabe perfectamente de dónde nace
Uno de los mayores aciertos de la temporada consiste en no utilizar el trauma de Bass simplemente para justificar que sea duro, silencioso y extremadamente bueno matando personas. Sus recuerdos explican por qué alguien que ha sufrido tanta violencia puede terminar reproduciéndola incluso cuando está convencido de actuar por razones diferentes.
Bass perdió su autonomía, su familia quedó marcada por la guerra y el brazo que ahora le proporciona una ventaja extraordinaria nació precisamente de uno de los peores momentos de su vida. Cada vez que utiliza esa máquina para imponer justicia también está utilizando algo creado mediante el abuso que sufrió.
La contradicción atraviesa prácticamente toda la temporada. ¿Puede una persona enfrentarse a un sistema injusto utilizando las mismas herramientas que ese sistema empleó contra ella? ¿Entrar dentro de las instituciones permite cambiarlas o termina convirtiendo al individuo en parte de aquello que pretendía combatir?
La serie no reduce esas preguntas a Bass. Ahni, interpretada por Cree Summer, representa una respuesta mucho más radical ante una sociedad que nunca ha ofrecido justicia a determinadas comunidades. Lighthorse, personaje de Chaske Spencer, ofrece otra perspectiva desde su relación con los pueblos indígenas y las instituciones existentes.
Uno de los mejores momentos llega cuando un robo en un tren tecnológico sigue encontrándose con vagones segregados racialmente. La imagen sintetiza perfectamente el mundo: la sociedad puede inventar maravillas que parecen adelantadas décadas a su tiempo y continuar aferrándose a estructuras morales miserables.
Bass X Machina entiende que la representación también puede convertirse en una carga
La posibilidad de convertirse en marshal plantea algo mucho más complicado que un simple ascenso profesional. Bass podría ocupar una posición que históricamente ha estado reservada a los blancos y recibir finalmente el mismo salario, pero el reconocimiento también significa convertirse en representante de una institución que sigue tratando a personas como él como ciudadanos de segunda categoría. Ser “el primero” puede ser un triunfo y una trampa al mismo tiempo.
La serie encuentra algunos de sus mejores diálogos cuando permite que sus personajes discutan precisamente eso. Para unos, entrar en el sistema supone abrir una puerta que estaba cerrada; para otros, significa proporcionar legitimidad a un poder que jamás ha demostrado merecerla.
Lo interesante es que Bass X Machina no convierte fácilmente ninguna de esas posiciones en la respuesta correcta. La violencia revolucionaria tiene consecuencias terribles, pero obedecer leyes injustas tampoco garantiza una verdadera convivencia. Bass se encuentra constantemente entre ambas posibilidades, intentando proteger a su familia sin convertirse en aquello que más desprecia.
Ese conflicto evita que la serie se conforme con utilizar el racismo como decoración histórica. Forma parte de la arquitectura moral de la historia, incluso cuando la pantalla está ocupada por robots gigantes y armas imposibles.
Studio Mir vuelve a demostrar por qué está entre los grandes nombres de la animación

Todo este discurso podría haber quedado enterrado si la serie olvidase algo fundamental: también tiene que ser divertida. Afortunadamente, Bass X Machina es espectacular cuando decide ponerse a repartir disparos.
Studio Mir, responsable de producciones como Devil May Cry y otros proyectos de animación internacional de gran nivel, consigue una mezcla muy atractiva entre lenguaje cinematográfico del western y velocidad anime. Los tiroteos tienen peso, las armas transmiten una violencia seca y el brazo de Reeves permite introducir momentos mucho más exagerados sin convertir todas las peleas en una sucesión de superpoderes.
La dirección artística merece una mención especial. Los marrones, amarillos polvorientos y tonos apagados mantienen el vínculo con la iconografía clásica del Oeste, mientras la maquinaria introduce formas y movimientos mucho más propios de la ciencia ficción. La serie nunca necesita elegir entre parecer un western o parecer un anime porque termina construyendo una identidad propia a partir de ambos.
También hay una violencia explícita importante. Bass X Machina no parece interesada en suavizar los disparos ni las consecuencias físicas de determinados enfrentamientos, pero tampoco utiliza constantemente la sangre como sustituto de la intensidad. Cuando la acción escala hacia máquinas de dimensiones enormes, la animación sigue siendo capaz de mantener legibles los movimientos y las posiciones de los personajes.
La música es casi otro personaje
La fusión cultural de Bass X Machina también se escucha. Roman GianArthur y Nate Wonder construyen una banda sonora que mezcla sensibilidades muy diferentes y conecta la tradición del western con ritmos contemporáneos sin convertir cada aparición de hip-hop en un guiño diseñado para presumir de modernidad.
La participación de Janelle Monáe resulta particularmente importante. Además de interpretar a Glory, la esposa de Bass, pone voz al tema de apertura y ayuda a fijar desde los primeros minutos la identidad sonora de la serie.
La selección musical puede pasar de guitarras asociadas inmediatamente al western a trompetas, percusión y temas que refuerzan el discurso racial de determinadas escenas. La utilización de canciones vinculadas a artistas como Kendrick Lamar o Charles Bradley no parece elegida únicamente porque suenen bien durante una secuencia de acción, sino porque dialoga con aquello que está ocurriendo.
Es precisamente esa coherencia la que evita que el cóctel se convierta en un truco. Western, anime, cultura afroamericana, steampunk y hip-hop parecen partes de la misma propuesta en lugar de cinco ideas compitiendo por llamar nuestra atención.
Brian Tyree Henry convierte a Bass Reeves en algo más que un héroe enfadado
El reparto de voces termina de consolidar el conjunto. Brian Tyree Henry podría haberse limitado a adoptar una voz grave y convertir a Bass en otro pistolero lacónico, pero encuentra constantemente pequeñas variaciones dentro del personaje.
Hay cansancio, rabia y autoridad, pero también miedo. Bass puede enfrentarse a una banda de criminales sin pestañear y mostrarse completamente perdido cuando la conversación gira hacia aquello que podría perder si continúa recorriendo ese camino. Janelle Monáe consigue que Glory tenga presencia incluso con menos tiempo de pantalla, porque su relación con Bass representa aquello que el personaje afirma querer proteger y, a la vez, aquello que podría destruir si permite que su necesidad de venganza termine dominándolo.
Tati Gabrielle aporta la energía contraria. Dana habla, cuestiona, inventa y se mueve constantemente. Esa diferencia hace funcionar buena parte del viaje, aunque el guion abuse ocasionalmente de sus discusiones. Cree Summer encuentra en Ahni uno de los personajes potencialmente más interesantes de la serie, precisamente porque su ira permite imaginar el destino que podría esperar a Bass si dejase de preguntarse dónde colocar sus propios límites.
Seis episodios son demasiado pocos para todo lo que Bass X Machina quiere contar

Aquí está el mayor problema. La temporada solo tiene seis episodios, con duraciones que rondan aproximadamente la media hora, y durante la primera mitad esa concisión parece una virtud. No hay demasiado relleno, cada capítulo amplía el mundo y siempre existe algún enfrentamiento o descubrimiento que empuja la historia. El problema aparece cuando todas las piezas empiezan a exigir resolución.
Hay personajes que cambian de posición demasiado rápido, motivaciones que merecían más respiración y conflictos políticos que pasan de la conversación a la explosión antes de que la serie haya terminado de explorar todas sus consecuencias. Una de las evoluciones hacia posiciones más extremas resulta especialmente precipitada, no porque sea incoherente, sino porque faltan escenas intermedias que permitan sentir realmente el proceso.
El final también intenta hacer dos cosas al mismo tiempo. Quiere proporcionar una conclusión suficientemente grande para que estos seis episodios funcionen como una historia completa y, simultáneamente, dejar abiertas suficientes puertas para que Netflix pueda continuar el viaje.
Eso provoca que determinados personajes pasen demasiado deprisa de una situación extrema a preparar el siguiente capítulo de sus vidas. Uno o dos episodios adicionales habrían permitido convertir el desenlace en algo mucho más satisfactorio sin necesidad de ampliar artificialmente la trama.
Resulta especialmente frustrante porque el problema no es que la serie se quede sin ideas. Sucede exactamente lo contrario: tiene demasiadas.
¿Merece la pena ver Bass X Machina en Netflix?
Sí, especialmente si la idea de juntar western, anime y steampunk te produce curiosidad en lugar de rechazo. Bass X Machina podría venderse únicamente mediante la imagen de Bass Reeves disparando con un brazo mecánico contra máquinas gigantes y probablemente encontraría público suficiente, pero sería injusto reducirla a eso.
LeSean Thomas y su equipo utilizan la historia alternativa para hablar de quién puede ejercer la violencia, quién escribe las leyes y qué ocurre cuando una persona marginada consigue finalmente un lugar dentro de la institución que la marginaba. Son cuestiones bastante pesadas para una serie en la que también aparecen enormes robots y tiroteos imposibles, pero esa combinación es precisamente lo que le proporciona identidad.
No todo alcanza la misma profundidad. La construcción del mundo deja preguntas atractivas sin contestar, la relación entre Bass y Dana repite algún conflicto más veces de las necesarias y el último tramo necesita espacio adicional. Pero sus defectos proceden principalmente de intentar abarcar demasiado, no de falta de personalidad.
Y cuando funciona, Bass X Machina es una de esas series de animación que recuerdan cuánto margen existe todavía para reinventar géneros aparentemente agotados. El western lleva más de un siglo transformándose y aquí encuentra otra mutación especialmente entretenida: un Oeste en el que el progreso tecnológico ha avanzado muchísimo más rápido que el progreso humano.
Studio Mir pone el músculo visual, Brian Tyree Henry aporta el alma y la música termina de convertir esa combinación imposible en algo sorprendentemente coherente. Puede que seis episodios no sean suficientes para todo lo que quiere contar, pero sí bastan para querer regresar a este mundo.
La primera temporada de Bass X Machina consta de seis episodios y está disponible en Netflix España desde el 3 de noviembre de 2026.
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