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Crítica Godzilla Minus Zero: más grande y brutal, aunque ya no puede sorprender como Minus One

Esta noticia es una publicación original de Cinemascomics.com

Hay algo un poco injusto en sentarse a ver Godzilla Minus Zero esperando sentir exactamente lo mismo que con Godzilla Minus One, porque aquella película llegó prácticamente de la nada para buena parte del público occidental y terminó demostrando que todavía se podía hacer una película de Godzilla enorme, emocionante y espectacular sin necesitar cientos de millones de dólares ni convertir a los personajes humanos en simples figurantes esperando a que los monstruos empezaran a pegarse. La sorpresa formaba parte de su encanto y, ahora que ya sabemos de lo que Takashi Yamazaki es capaz, el listón está colocado en un sitio casi absurdo. Por eso, después de verla, mi sensación es bastante clara: Godzilla Minus Zero no me ha golpeado emocionalmente como su predecesora, pero sí contiene algunos momentos incluso más impresionantes como película de monstruos.

Yamazaki no intenta repetir exactamente el milagro de 2023, aunque sí reutiliza muchas de sus herramientas narrativas y visuales. Vuelve el Japón de posguerra, vuelven los supervivientes intentando recomponer una vida que la guerra ha destrozado, vuelve la culpa y vuelve ese miedo nuclear que siempre ha estado pegado al ADN de Godzilla. También regresa la idea de unas instituciones que consideran demasiado fácil sacrificar a unos cuantos ciudadanos si con ello pueden justificar un supuesto bien mayor, aunque esta vez la película amplía el foco y convierte ese conflicto en algo más político, más explícito y también más ambicioso.

La diferencia fundamental es que ahora el director tiene un juguete considerablemente más grande entre las manos y no parece tener ninguna intención de disimularlo. Minus Zero es una secuela más aparatosa, más violenta y más entregada al espectáculo, pero intenta que ese crecimiento no destruya aquello que hacía especial a la anterior: que cada desastre, cada muerte y cada decisión sigan teniendo consecuencias humanas.

Godzilla Minus Zero sabe perfectamente qué película viene después de Minus One

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La historia se sitúa en 1949, dos años después de los acontecimientos de Godzilla Minus One. Koichi Shikishima ha conseguido algo parecido a la normalidad junto a Noriko y Akiko, aunque hablar de normalidad después de todo lo vivido resulta bastante relativo. Japón también intenta recuperarse de la guerra y del desastre provocado por Godzilla, pero esa sensación de estabilidad dura exactamente lo que uno puede esperar en una película que lleva su nombre en el título.

No conviene entrar demasiado en determinados giros porque la película juega deliberadamente con lo que sabemos de la historia de Toho y parte de la diversión está en descubrir cómo Yamazaki reorganiza esas piezas dentro de este universo. Sí se puede decir que Godzilla ya no es la única criatura gigantesca que tiene Japón encima de la mesa, y eso cambia radicalmente la naturaleza del conflicto. Minus One construía gran parte de su terror alrededor de la impotencia, tratando a Godzilla prácticamente como una catástrofe natural con patas y radiación, mientras que aquí la pregunta deja de ser únicamente cómo demonios puedes detenerlo para convertirse en algo bastante más incómodo: qué ocurre cuando una fuerza que puede destruirte también puede convertirse en el único recurso que tienes frente a algo todavía peor.

En otras manos esa idea habría servido simplemente para justificar una pelea de monstruos gigantes, pero Yamazaki intenta convertirla en un verdadero problema moral. La película no pierde de vista que utilizar una criatura como arma es también aceptar que alguien puede decidir hacia dónde apuntarla y quién debe pagar el precio de hacerlo.

Esta vez Godzilla no es exactamente el protagonista

Una de las cosas que más me sorprendió es cuánto tarda la película en entregar aquello que mucha gente seguramente ha comprado la entrada esperando ver. Godzilla funciona durante buena parte del metraje casi como una presencia latente, una amenaza que sabemos que sigue ahí mientras la historia dedica bastante tiempo a presentar un nuevo problema y a construir la sensación de que Japón todavía no ha entendido del todo qué clase de mundo tiene delante.

Eso podría resultar frustrante si las secuencias previas fueran simples pasos intermedios, pero Yamazaki vuelve a demostrar que entiende muy bien la escala. Hay una diferencia enorme entre enseñar un monstruo grande y conseguir que realmente parezca gigantesco, y Minus Zero vuelve a hacerlo utilizando edificios, aviones, calles y personas como referencias constantes de tamaño, de modo que cada aparición tenga una dimensión física que se siente mucho más que la de otros blockbusters cargados de efectos.

Hay una batalla aérea en mitad de la película que me parece de lo mejor que ha rodado Yamazaki en esta etapa de Godzilla. No porque sea necesariamente la escena más grande, sino porque consigue que entiendas continuamente dónde está cada elemento, qué intentan hacer los personajes y por qué cada movimiento importa. Parece una obviedad, pero basta mirar unas cuantas superproducciones recientes para recordar lo fácil que es convertir estas secuencias en ruido digital sin orientación ni tensión.

Aquí hay caos, pero el caos tiene geografía, objetivos y consecuencias. Y cuando finalmente la película decide abrir completamente la caja de juguetes, la escala aumenta de una forma bastante salvaje sin perder del todo esa claridad.

King Ghidorah cambia completamente el juego

Godzilla Minus Zero
Toho

A estas alturas resulta difícil hablar de la película sin mencionar a King Ghidorah, especialmente después de que su presencia haya sido revelada ampliamente alrededor del estreno. Lo interesante no es simplemente que Yamazaki haya recuperado a uno de los grandes enemigos históricos de Godzilla, sino cómo lo integra dentro de este universo sin romper el tono que había establecido en Minus One.

Ghidorah resulta inquietante desde sus primeras apariciones y Yamazaki consigue darle una presencia casi mitológica sin abandonar del todo ese enfoque terrenal. Eso es mucho más complicado de lo que parece, porque pasar de un Godzilla tratado casi como consecuencia física de la era nuclear a un gigantesco dragón de varias cabezas podía haber convertido la película en algo mucho más fantástico y desconectado de la anterior. Sin embargo, la integración funciona porque ambas criaturas son presentadas como fuerzas que están fuera de la escala humana, casi como entidades que los personajes solo pueden intentar comprender a través de la ciencia, el miedo y la improvisación.

Hay una cualidad casi religiosa en la manera en la que están fotografiadas estas criaturas. Cuando Godzilla carga su aliento atómico o Ghidorah utiliza su energía, la película no quiere únicamente que pensemos en el espectáculo, sino que sintamos que los seres humanos están contemplando fuerzas que sencillamente quedan fuera de su capacidad de control.

Y cuando finalmente ambos entran realmente en conflicto, la película cumple la promesa. No es una pelea rápida utilizada como recompensa final, sino una confrontación construida con posiciones, estrategias, intervenciones humanas y una sensación constante de que cualquier decisión puede empeorar todavía más la situación.

La violencia se siente bastante más física

Otra diferencia bastante evidente respecto a Minus One es que Minus Zero tiene menos reparos en enseñarte qué significa encontrarse cerca de una de estas criaturas. Hay cuerpos carbonizados, personas lanzadas por los aires y momentos en los que incluso el propio Godzilla recibe daños de una forma bastante desagradable, todo ello sin convertir la película en una experiencia gore, pero sí haciendo mucho más tangible la destrucción.

Cuando un edificio cae aquí, Yamazaki intenta recordar que había gente debajo. Cuando una explosión arrasa una zona, dedica unos segundos a las consecuencias. Ese detalle evita que la destrucción urbana se convierta completamente en un parque de atracciones digital y ayuda a mantener ese tono de tragedia colectiva que ya era fundamental en la anterior.

Hay una imagen concreta relacionada con la capacidad de la nueva amenaza para levantar estructuras y devolverlas violentamente contra el suelo que me pareció especialmente aterradora. Es exactamente el tipo de idea visual que distingue una buena película de monstruos de una que simplemente dispone de muchos efectos, porque no se limita a enseñar poder, sino que crea una sensación de vulnerabilidad bastante desagradable.

El problema es que la historia humana ya no resulta tan sorprendente

godzilla minus zero

Aquí está, para mí, la principal diferencia entre ambas películas. Godzilla Minus One tenía una herida emocional muy sencilla pero tremendamente efectiva. Shikishima era un hombre que creía que no merecía haber sobrevivido y prácticamente toda la película consistía en obligarle a encontrar una razón para seguir viviendo, de forma que la historia de Godzilla y la historia personal del protagonista caminaban en la misma dirección.

Minus Zero intenta repetir parte de esa arquitectura emocional y se nota demasiado en algunos momentos. Shikishima continúa teniendo heridas del pasado, Noriko arrastra las consecuencias de lo ocurrido anteriormente y los nuevos personajes llegan con sus propias culpas relacionadas con catástrofes, decisiones fallidas y la historia nuclear de Japón. El problema es que ahora reconocemos bastante bien el mecanismo, y algunas subtramas parecen construidas específicamente para reproducir aquel sentimiento de culpa y redención.

Hay personajes definidos prácticamente por una única herida. Uno se siente responsable de no haber evitado una tragedia, otro carga con el pasado nuclear del país y otro intenta compensar una decisión anterior. Todos funcionan dentro de la película porque el reparto se entrega completamente, pero algunos están escritos con trazos demasiado gruesos y no llegan a alcanzar la misma complejidad que tenían Koichi y Noriko en la anterior.

Masami Nagasawa aporta mucha energía a Makoto Aoyama y Min Tanaka tiene una presencia extraordinaria como el profesor Murakami, pero ninguno consigue desplazar emocionalmente a la familia protagonista, que sigue siendo el verdadero corazón de esta etapa.

Noriko vuelve a ser fundamental

Me gusta especialmente que la película no trate la supervivencia de Noriko en la anterior entrega como un simple regalo para el espectador. Aquello tiene consecuencias, tanto personales como narrativas, y algunas de las decisiones más interesantes de Minus Zero nacen precisamente de lo que ocurrió con ella.

No conviene explicar demasiado porque aquí sí entraríamos en terreno donde merece la pena llegar sin demasiada información, pero su relación con Godzilla deja de ser únicamente la de una superviviente. Minami Hamabe vuelve a encontrar muy bien ese equilibrio entre vulnerabilidad y determinación, y la dinámica familiar entre Noriko, Koichi y Akiko sigue siendo el centro emocional de la película incluso cuando hay criaturas gigantes destruyendo media ciudad.

Hay además una decisión relacionada con Akiko que es probablemente el momento más abiertamente melodramático del film. Yamazaki aprieta todos los botones posibles y sabe perfectamente que los está apretando, pero la escena funciona porque la película se ha ganado previamente el cariño que sentimos por esa familia. Puede resultar manipuladora, sí, pero no gratuita.

Godzilla Minus Zero también está bastante enfadada con quienes gobiernan

La política estaba presente en Minus One, pero aquí resulta todavía más evidente. Minus Zero desconfía profundamente de las instituciones que convierten vidas humanas en cifras dentro de un cálculo táctico, y esa desconfianza aparece constantemente en decisiones militares, estratégicas y políticas.

La presencia estadounidense pesa más en la historia y la relación entre Japón y sus nuevos aliados nunca se presenta como algo especialmente cómodo. Hay intereses militares, estrategias que utilizan criaturas como posibles armas y decisiones en las que la seguridad colectiva puede quedar subordinada a conseguir una ventaja sobre un enemigo.

La película tampoco convierte eso en un discurso especialmente sutil. En determinados momentos el subtexto deja directamente de ser subtexto y Yamazaki quiere hablar de Hiroshima, de la bomba, del trauma japonés y de la facilidad con la que los gobiernos vuelven a pensar en términos de sacrificio incluso después de comprobar qué provoca esa mentalidad.

Es bastante evidente, pero prefiero una película de Godzilla que tenga algo que decir, aunque lo diga con demasiada fuerza, a otra que utilice al personaje únicamente como una figura gigantesca diseñada para vender una pelea.

Visualmente vuelve a ser absurdo lo que consigue Takashi Yamazaki

Godzilla Minus Zero
Godzilla Minus Zero

Una de las cosas más complicadas de olvidar mientras la estás viendo es lo extraordinariamente bien que funciona visualmente para el tipo de producción que es. Yamazaki vuelve a figurar como director, guionista y responsable de efectos visuales, y se nota que no concibe esas tres tareas como departamentos completamente separados.

Los efectos están pensados desde la puesta en escena y no añadidos después para intentar hacer espectacular una secuencia que sobre el papel no lo era. Hay planos generales de destrucción enormes, pero también pequeños detalles que venden la escala: una vibración, la sombra sobre un edificio, una reacción humana antes de enseñar completamente al monstruo.

Godzilla tiene peso, Ghidorah también lo tiene y, cuando ambos empiezan a ocupar el mismo espacio, la pantalla parece demasiado pequeña. Quizá ahí esté la gran diferencia respecto a muchas producciones gigantescas de Hollywood, porque Minus Zero no intenta impresionarte simplemente poniendo muchas cosas en movimiento al mismo tiempo, sino haciendo que cada efecto tenga intención dramática y una función concreta dentro de la escena.

No es Minus One, pero tampoco intenta vivir únicamente de ella

La comparación va a perseguir inevitablemente a esta película y creo que sale perdiendo en un aspecto muy concreto: Minus One tenía una pureza emocional que esta secuela ya no puede reproducir. Aquella historia era más limpia, más inesperada y probablemente más redonda, mientras que Minus Zero resulta más grande, más complicada y también algo más irregular.

Introduce más personajes, más política, más monstruos y más piezas de trama, y durante el último tercio hay alguna motivación que necesita más explicación de la que recibe. Sin embargo, también hay algo admirable en que Yamazaki no haya respondido al éxito haciendo simplemente la misma película otra vez.

Ha conservado aquello que funcionaba —la dimensión humana, el Japón de posguerra, el trauma histórico y la planificación casi militar de las soluciones— mientras convierte la acción kaiju en algo considerablemente más ambicioso. Y cuando llega la gran batalla que la película lleva preparando durante tanto tiempo, merece muchísimo la pena.

Godzilla sigue funcionando mejor cuando significa algo

Salí de Godzilla Minus Zero pensando que Takashi Yamazaki ha entendido una cosa esencial sobre este personaje: Godzilla puede destruir ciudades, enfrentarse a otros monstruos y protagonizar escenas espectaculares, pero si únicamente hace eso acaba convirtiéndose en otra criatura digital gigantesca.

Lo que hace especial esta etapa es que la destrucción siempre tiene memoria. Las ciudades que caen pertenecen a personas que todavía recuerdan la guerra, los científicos saben lo que significa la energía nuclear y los protagonistas continúan viviendo con decisiones tomadas años atrás. Incluso la posibilidad de utilizar a Godzilla como arma provoca una pregunta que recorre toda la película: cuánto tardamos en repetir exactamente los errores que juramos no volver a cometer.

Godzilla Minus Zero no es tan sorprendente ni tan emocionalmente precisa como Minus One. También repite algunas ideas y hay personajes secundarios que funcionan más como conceptos que como personas completas. Aun así, cuando funciona, lo hace a lo grande, con una de las mejores batallas kaiju que hemos visto en mucho tiempo, imágenes de destrucción realmente intimidantes, un reparto que sigue consiguiendo que nos importe quién está debajo de esos edificios y una dirección visual que vuelve a dejar bastante mal a producciones muchísimo más caras. La primera película consiguió que Godzilla volviera a dar miedo y esta secuela demuestra que todavía puede maravillarnos.

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Esta noticia ha sido publicada por Cinemascomics.com

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