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Apocalipsis Z: Nuevo Mundo tenía una tarea bastante sencilla sobre el papel: ampliar la escala de la primera película sin perder aquello que la hizo funcionar. El problema es que, en ese proceso de crecer, la secuela se deja por el camino buena parte de su identidad. Hay más soldados, más disparos, más infectados y una amenaza aparentemente mayor, pero también menos emoción, menos cercanía y personajes mucho más difíciles de seguir con interés. El resultado es una película de zombis que quiere ser más grande y acaba sintiéndose bastante más pequeña.
La primera Apocalipsis Z funcionaba porque entendía algo fundamental del género: los zombis importan menos que las personas que intentan sobrevivir a ellos. Aquella película podía ser irregular, alargarse más de la cuenta y apoyarse en elementos muy reconocibles del cine postapocalíptico, pero tenía un centro emocional claro y una sensación de viaje que ayudaba a mantener la atención incluso cuando el ritmo bajaba. Había una historia de supervivencia detrás de cada decisión, un personaje al que acompañar y un mundo que se iba desmoronando mientras intentábamos entender cómo iba a salir adelante.
Nuevo Mundo decide cambiar completamente ese enfoque y trasladar buena parte de la acción a las Islas Canarias, convertidas ahora en uno de los últimos refugios seguros de Europa tras la propagación del virus TSJ. La idea tenía mucho potencial porque permitía explorar cómo funciona una sociedad que intenta organizarse después del colapso, qué ocurre cuando los recursos empiezan a escasear y hasta qué punto el control militar puede convertirse en una solución o en un nuevo problema. Sin embargo, la película utiliza ese escenario principalmente como punto de partida para una misión de abastecimiento y, desde ahí, empieza a parecerse cada vez más a una producción bélica con zombis alrededor.
Apocalipsis Z: Nuevo Mundo cambia supervivencia por espectáculo
El gran cambio respecto a la primera película está en la escala, y eso se nota desde el principio. La secuela apuesta por una presencia militar mucho más evidente, grupos organizados, operaciones de riesgo y enfrentamientos que buscan transmitir la sensación de que el apocalipsis ya no es una amenaza emergente, sino una realidad completamente establecida. Sobre el papel, eso debería aumentar la tensión, pero en la práctica la película sustituye buena parte de la inquietud por una sucesión de movimientos tácticos, disparos y escenas de acción que terminan pareciéndose demasiado entre sí.
No hay nada malo en convertir una secuela en algo más ambicioso, especialmente dentro de un género donde la evolución natural suele pasar por enseñar el mundo más allá del superviviente individual. El problema aparece cuando esa expansión no viene acompañada de personajes capaces de sostenerla. La película tiene más elementos en juego, pero ninguno pesa demasiado porque la conexión con quienes los protagonizan nunca termina de construirse.
La misión hacia la península, planteada como una operación desesperada para conseguir suministros esenciales, debería funcionar como motor narrativo y como oportunidad para mostrar hasta qué punto la sociedad superviviente está dispuesta a arriesgarse para seguir adelante. Sin embargo, el componente humano queda demasiado diluido entre personajes que apenas consiguen diferenciarse unos de otros, y eso provoca que buena parte de los peligros pierdan impacto mucho antes de que la película llegue a su tramo final.
Roberto es un protagonista difícil de seguir
Buena parte de la secuela recae sobre Roberto, interpretado por Carlos Alcaide, y aquí aparece uno de los problemas más importantes de Nuevo Mundo. El personaje está construido desde una posición bastante más áspera que el protagonista anterior, algo que podría haber sido interesante si la película hubiera dedicado tiempo a explorar sus contradicciones, sus motivaciones o aquello que le lleva a tomar determinadas decisiones. Sin embargo, durante buena parte del metraje resulta complicado conectar con él porque su actitud se mueve constantemente entre el egoísmo, la arrogancia y una serie de decisiones que no ayudan precisamente a generar empatía.
Eso no significa que un protagonista tenga que ser simpático para funcionar, ni mucho menos, pero sí necesita resultar interesante. La película parece asumir que su carácter conflictivo es suficiente para mantenerlo en primer plano, cuando lo que realmente falta es una evolución que permita entender mejor quién es y por qué deberíamos preocuparnos por su destino.
El reparto coral intenta compensar esa falta de un centro emocional potente, con nombres como Julia Martínez, Jose María Yazpik, Santiago Vaca Narvaja, Mónica López o Javier Godino, pero el guion tampoco les da demasiado margen para crecer. La mayoría de los personajes funcionan mejor como piezas de una operación militar que como personas atrapadas en un mundo destruido, y esa diferencia termina siendo decisiva para que la película se sienta más fría que su predecesora.
Más zombis no significa necesariamente más tensión

Una de las grandes paradojas de Apocalipsis Z: Nuevo Mundo es que tiene más infectados, más acción y más enfrentamientos, pero genera menos tensión que la primera película. La razón es bastante sencilla: cuando la amenaza aparece constantemente y los personajes están preparados para combatirla, el miedo pierde parte de su fuerza.
En la primera entrega, el peligro funcionaba porque había incertidumbre, improvisación y una sensación de vulnerabilidad permanente. Aquí, la presencia de soldados y armamento transforma muchas secuencias en combates más cercanos al cine de acción que al terror de supervivencia. Los zombis dejan de sentirse como una amenaza imprevisible para convertirse en objetivos que hay que eliminar, y eso cambia por completo el tono.
Hay momentos donde la película intenta recuperar el horror del apocalipsis, especialmente cuando el caos supera cualquier planificación previa, pero son demasiado breves como para modificar la sensación general. El resto del tiempo, Nuevo Mundo se mueve por un terreno que recuerda más a determinados episodios de The Walking Dead centrados en enfrentamientos entre facciones que a una película que quiera explorar el miedo puro que provoca el colapso de la sociedad.
Una secuela más cercana a un videojuego que a una historia de supervivencia
La comparación con un videojuego resulta especialmente acertada porque muchas secuencias parecen construidas alrededor de objetivos concretos: llegar a un lugar, recuperar algo, avanzar mientras aparecen enemigos y sobrevivir hasta el siguiente punto. El problema es que estamos observando ese proceso desde fuera sin tener una implicación emocional suficiente con quienes lo ejecutan.
Hay una energía visual mayor, escenarios más amplios y una voluntad evidente de hacer que la película parezca más grande que la anterior. Sin embargo, ese crecimiento también deja al descubierto una cierta falta de personalidad. Cuando la película apuesta por el espectáculo, funciona de manera correcta; cuando intenta emocionarnos, casi nunca consigue que lo que está ocurriendo tenga verdadero peso.
Algunas decisiones visuales tampoco ayudan. Los efectos digitales cumplen en muchos momentos, pero hay otros donde resultan demasiado visibles y rompen parte de la inmersión. En una película donde el impacto físico de los infectados debería ser fundamental, cualquier sensación de artificialidad pesa más de lo que debería.
La comparación con la primera película no le hace ningún favor

La primera Apocalipsis Z tampoco reinventaba el género, pero sí tenía una identidad mucho más clara. Su escala contenida permitía seguir de cerca la experiencia de Javier y convertir el desastre global en algo personal. Ese contraste entre un mundo que se derrumba y una historia pequeña era precisamente lo que la hacía funcionar.
Nuevo Mundo hace prácticamente lo contrario. Amplía el escenario, introduce más personajes y convierte el conflicto en algo colectivo, pero cuanto más grande se vuelve la historia, menos importante parece cada individuo dentro de ella. No es un problema de presupuesto ni de ambición, sino de enfoque.
La película quiere avanzar, diferenciarse y evitar repetir exactamente la estructura de su predecesora, y eso es algo que hay que valorar. El problema es que en su intento de no hacer la misma película termina acercándose demasiado a muchas otras producciones de zombis que ya hemos visto. La personalidad desaparece precisamente cuando más intenta expandir su universo.
Carles Torrens mantiene el pulso, pero el guion no acompaña
Carles Torrens vuelve a ponerse detrás de las cámaras y demuestra que sabe manejar el ritmo de una secuencia de acción, construir momentos de caos y utilizar los escenarios para generar sensación de peligro. La película no está mal dirigida y tiene varios momentos visualmente eficaces, especialmente cuando combina espacios cerrados con la amenaza constante de los infectados.
El guion de Ángel Agudo, basado nuevamente en las novelas de Manel Loureiro, es el que encuentra mayores dificultades para convertir todas esas piezas en algo emocionalmente consistente. La estructura avanza, los conflictos se suceden y la misión va acumulando problemas, pero la película rara vez consigue que sintamos que estamos acompañando a personajes que importan de verdad.
Eso explica también por qué sus aproximadamente 98 minutos pueden hacerse sorprendentemente largos. No es una cuestión estrictamente de duración, sino de implicación. Cuando una película no consigue generar interés por sus protagonistas, cualquier tramo intermedio empieza a pesar mucho más de lo que debería.
El final deja abierta una tercera película más interesante

Curiosamente, uno de los elementos más prometedores aparece precisamente cuando la película está terminando. El cierre apunta hacia una posible continuación que podría recuperar un enfoque más humano y menos centrado en estructuras militares, algo especialmente necesario después de una entrega que parece haberse alejado demasiado de aquello que funcionaba en el comienzo de la saga.
Si Prime Video decide continuar adaptando la trilogía de Manel Loureiro, hay material suficiente para corregir el rumbo. El universo sigue teniendo posibilidades, el concepto funciona y la primera película ya demostró que existe una audiencia interesada en esta historia. Lo que necesita la siguiente entrega no es necesariamente más zombis ni escenarios más grandes, sino volver a colocar a las personas en el centro del apocalipsis.
Más grande, pero bastante menos interesante
Apocalipsis Z: Nuevo Mundo quiere demostrar que la saga puede crecer y convertirse en algo más ambicioso, pero confunde escala con intensidad. Hay más disparos, más soldados, más infectados y una misión aparentemente más peligrosa, pero también menos emoción, menos personalidad y menos razones para preocuparnos por quienes están intentando sobrevivir.
La película funciona mejor cuando abraza su naturaleza de entretenimiento de acción y deja de intentar competir con el componente emocional de la primera entrega. En esos momentos puede ofrecer una experiencia correcta para quienes simplemente quieran una nueva dosis de zombis, pero resulta difícil ignorar la sensación de que la saga ha cambiado precisamente aquello que la hacía diferente para parecerse más a todo lo demás.
No es un desastre, y tiene suficientes elementos técnicos para mantenerla a flote, pero también es una secuela claramente inferior. Si la tercera película consigue recuperar el corazón de la primera sin renunciar a la escala introducida aquí, quizá Nuevo Mundo termine funcionando como un puente necesario. Por ahora, se queda en una entrega de transición demasiado fría para dejar una huella real.
Apocalipsis Z: Nuevo Mundo está disponible en Prime Video. Si quieres seguir nuestras críticas, análisis y noticias de cine y series, puedes sigue a Cinemascomics en Google Discover desde aquí.
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