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El precio del poder llega con una comparación que resulta imposible esquivar. Aaron Sorkin vuelve a Facebook dieciséis años después de La red social, Mark Zuckerberg sigue formando parte de la ecuación y el punto de partida vuelve a ser la manera en la que una empresa tecnológica termina afectando a millones de personas mucho más allá de sus oficinas. La diferencia es que ahora no está David Fincher detrás de la cámara, Jesse Eisenberg tampoco interpreta a Zuckerberg y, sobre todo, Sorkin ya no está contando el nacimiento de un imperio, sino las consecuencias de haber permitido que ese imperio creciera prácticamente sin freno.
La película funciona mejor cuando acepta esa diferencia y se concentra en Frances Haugen, la empleada de Facebook que terminó convirtiéndose en denunciante, y Jeff Horwitz, el periodista de The Wall Street Journal que recibe y trabaja con la información interna de la compañía. Mikey Madison y Jeremy Allen White son el verdadero corazón de la historia, y gracias a ellos la película consigue mantener el interés incluso cuando Sorkin se empeña en explicar demasiado, subrayar ideas que ya habíamos entendido o convertir determinadas conversaciones en pequeños discursos preparados para que nadie pueda perderse el mensaje.
Porque ese es también su principal problema. El precio del poder quiere explicarte qué ocurrió, por qué ocurrió, quién tomó determinadas decisiones y qué consecuencias tuvieron, pero en demasiados momentos parece confiar más en el poder de un buen diálogo que en las posibilidades del propio cine. El resultado es interesante, ágil y bastante entretenido, aunque también considerablemente menos sofisticado de lo que su temática merecía.
Mikey Madison encuentra la película que Sorkin necesita
Frances Haugen podría haberse convertido fácilmente en uno de esos personajes de Sorkin que entran en escena con la respuesta correcta preparada para cada conversación, pero Mikey Madison consigue evitarlo porque introduce una vulnerabilidad que el guion no siempre sabe expresar por sí solo. Su personaje conoce el funcionamiento interno de Facebook, comprende las implicaciones de determinadas decisiones y empieza a asumir que guardar silencio también supone tomar partido, aunque eso no significa que esté preparada desde el principio para convertirse en una figura pública o poner en peligro su carrera.
Madison trabaja muy bien esa contradicción. Hay momentos en los que parece fría, incluso incómoda socialmente, pero detrás de esa fachada se percibe a alguien que está calculando constantemente cuánto puede arriesgar y hasta qué punto puede confiar en la persona que tiene delante. Su Frances Haugen nunca parece disfrutar convirtiéndose en denunciante, y precisamente por eso resulta creíble cuando finalmente comprende que ya no puede continuar dentro de la compañía como si nada estuviera ocurriendo.
Jeremy Allen White funciona especialmente bien a su lado porque no intenta competir con ella. Su Jeff Horwitz es mucho más contenido de lo que uno podría esperar de un personaje escrito por Sorkin y se comporta como un periodista que necesita entender una historia antes de intentar contarla, haciendo preguntas, comprobando datos y aprendiendo poco a poco cómo funciona un ecosistema tecnológico que inicialmente le resulta bastante ajeno.
La relación entre ambos es probablemente lo mejor de la película. Sorkin introduce incluso cierta estructura de comedia romántica en sus encuentros clandestinos, aunque nunca desarrolla un romance real entre ellos. Frances llega muy arreglada a algunas reuniones para que cualquier conocido pueda pensar que simplemente está teniendo una cita, y el guion aprovecha ese juego para construir una intimidad basada en la confianza profesional, en el riesgo compartido y en la admiración que ambos empiezan a sentir por la determinación del otro. Puede sonar un poco artificioso explicado así, pero dentro de la película funciona porque Madison y White consiguen que esa complicidad parezca natural.
Jeremy Strong acierta al no intentar repetir a Jesse Eisenberg
La elección de Jeremy Strong como Mark Zuckerberg era probablemente el elemento más difícil de vender, no porque sea un actor poco adecuado, sino porque Jesse Eisenberg dejó una interpretación tan asociada a La red social que cualquier intento de imitarla habría resultado desastroso. Strong entiende perfectamente el problema y construye otra cosa: un Zuckerberg más lento, más frío y mucho más consciente del poder que acumula.
Su interpretación tiene momentos excelentes porque transmite la sensación de estar viendo a alguien que ya no necesita demostrar que es la persona más inteligente de la habitación. Este Zuckerberg se comporta como alguien acostumbrado a que el mundo se adapte a él, y Strong encuentra cierta amenaza en la calma con la que escucha, responde o simplemente decide que una conversación no merece demasiado esfuerzo.
El problema está en que Sorkin empieza a empujarlo demasiado pronto hacia una figura casi monstruosa. La película no necesita explicar demasiado qué piensa de Zuckerberg porque lo deja claro desde el principio, pero algunas decisiones visuales y determinadas escenas parecen empeñadas en recordárnoslo constantemente. El personaje pierde parte de la ambigüedad que hacía tan fascinante la versión de La red social y termina funcionando más como representación de una estructura de poder que como una persona completamente desarrollada.
Eso puede ser deliberado, pero también resta complejidad. Zuckerberg aparece relativamente poco y muchas veces sentimos más su influencia que su presencia, algo que funciona desde el punto de vista de la historia de Haugen, aunque deja con ganas de que Strong tenga algo más de espacio para desarrollar esta versión tan distinta del personaje.
Aaron Sorkin sigue siendo un gran guionista y un director bastante menos interesante

Aquí aparece inevitablemente David Fincher, aunque no porque El precio del poder necesite copiar La red social. Lo que se echa de menos es una mirada visual capaz de encontrar una segunda lectura debajo de las palabras.
Fincher conseguía que una conversación sobre participaciones empresariales o una declaración legal tuviera una tensión casi física porque la puesta en escena estaba contando cosas que el diálogo no decía. Sorkin, en cambio, tiende a colocar la cámara donde necesita que esté para que podamos escuchar correctamente lo que ha escrito, y confiar después en que sus actores y sus frases hagan el resto.
El problema es que el tema pide más. Estamos hablando de algoritmos que empujan a usuarios hacia contenidos cada vez más extremos, estructuras empresariales capaces de influir sobre conversaciones políticas y personas que toman decisiones cuyo impacto resulta prácticamente imposible de medir. Sin embargo, demasiadas veces la película visualiza todo eso mediante personajes sentados hablando sobre lo que está ocurriendo.
La estructura temporal tampoco ayuda demasiado a darle una identidad cinematográfica propia. Sorkin utiliza una línea de tiempo que aparece en pantalla para situarnos mientras la narración salta entre distintos momentos, una solución clara y funcional que evita cualquier confusión, aunque también hace que algunas secuencias tengan la sensación de estar viendo un reportaje periodístico extraordinariamente bien dramatizado.
Eso no convierte a El precio del poder en una mala película, pero sí establece un techo bastante evidente. Cuando el material debería resultar inquietante por lo que implica, Sorkin suele preferir asegurarse de que hemos entendido perfectamente el argumento antes que permitir que una escena nos incomode por sí sola.
El diálogo de Sorkin sigue siendo adictivo, pero empieza a mostrar sus costuras

Hay momentos en los que escuchar a estos personajes hablar resulta una auténtica gozada. Sorkin sigue teniendo un oído extraordinario para la réplica, la ironía y ese tipo de conversación en la que cada respuesta parece haber sido pensada durante veinte minutos aunque el personaje la pronuncie inmediatamente. Con buenos intérpretes, ese lenguaje adquiere una musicalidad muy particular y El precio del poder tiene varios intercambios en los que simplemente apetece quedarse escuchando.
También ocurre lo contrario. Cuantos más personajes entran en escena, más evidente resulta que todos han pasado por la misma máquina verbal. Periodistas, ejecutivos y empleados pueden tener personalidades diferentes, pero comparten una velocidad mental, una capacidad de respuesta y una tendencia al ingenio que termina homogeneizando sus voces. Sorkin escribe diálogos brillantes, aunque demasiadas veces escribe el mismo tipo de brillantez para todo el mundo.
En una película centrada precisamente en personas atrapadas dentro de sistemas gigantescos, habría sido interesante encontrar más silencios, más incomodidad y más momentos en los que los personajes no supieran exactamente qué decir. Mikey Madison introduce parte de eso con su interpretación, pero el guion casi siempre termina llenando esos huecos con palabras.
Una historia potente que merecía una película visualmente más atrevida
Lo frustrante de El precio del poder es que hay una película excelente escondida muy cerca de la que finalmente tenemos. El material es fascinante, el reparto funciona y Sorkin sabe convertir una enorme cantidad de información en una narración comprensible sin que las casi dos horas se hagan pesadas. Sin embargo, cuanto más importante parece lo que está contando, más se nota que la puesta en escena rara vez está a la misma altura.
Mikey Madison es quien mejor atraviesa esa limitación porque consigue convertir el conflicto corporativo en algo personal, mientras Jeremy Allen White aporta la serenidad necesaria para que la historia no se convierta en una sucesión interminable de grandes discursos. Jeremy Strong ofrece una interpretación interesante de Zuckerberg, aunque el personaje termina siendo más útil como símbolo que como figura dramática verdaderamente compleja.
Por eso mi sensación al terminar es bastante contradictoria. El precio del poder me ha entretenido, he disfrutado muchísimo algunas conversaciones y creo que funciona francamente bien como thriller periodístico, pero también he pasado buena parte de la película imaginando lo que otro director habría hecho con este mismo material. Sorkin tiene mucho que decir y sabe perfectamente cómo escribirlo; lo que todavía no domina con la misma brillantez es cómo conseguir que la cámara diga algo cuando sus personajes dejan de hablar.
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