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Anne Hathaway lleva más de dos décadas demostrando que su carrera nunca dependió únicamente de las comedias románticas. Ha pasado del cine familiar al drama psicológico, ha trabajado con Christopher Nolan, Ang Lee, Jonathan Demme o Todd Haynes, se convirtió en Selina Kyle y ganó un Oscar con uno de los papeles más duros de su filmografía. Ahora, el estreno en España de Verity: La sombra de un engaño vuelve a colocarla en un terreno donde suele funcionar especialmente bien: personajes ambiguos, incómodos y difíciles de descifrar.
La película dirigida por Michael Showalter adapta la novela de Colleen Hoover y enfrenta a Verity Crawford, interpretada por Hathaway, con Lowen Ashleigh, la escritora a la que da vida Dakota Johnson y que llega a su casa para completar una serie de libros. Josh Hartnett interpreta a Jeremy Crawford, mientras Hathaway ocupa una posición especialmente interesante porque no funciona como punto de entrada para el espectador, sino como alguien cuya verdad debe ser observada y reconstruida poco a poco.
Este ranking valora tres elementos: la calidad de la película, la interpretación de Hathaway y la importancia de ese papel dentro de su evolución como actriz. Dejamos fuera romances y comedias románticas como One Day, La idea de tenerte o Amor y otras drogas. Sí entra El diablo viste de Prada, porque su verdadero conflicto nunca fue sentimental, sino profesional y personal.
10. Armageddon Time confirmó el valor de la contención

James Gray utiliza sus propios recuerdos de infancia para construir una historia familiar situada en Queens durante el ascenso de Ronald Reagan. Hathaway interpreta a Esther Graff, una madre que intenta proteger a su hijo mientras reproduce algunas de las contradicciones sociales que la película quiere poner sobre la mesa. No es el papel más vistoso de su carrera ni el que más espacio le concede, pero precisamente por eso resulta revelador.
Aquí Hathaway renuncia por completo al carisma expansivo que tantas veces ha definido sus personajes y trabaja desde la preocupación, la frustración y el afecto contenidos. Comparte el peso dramático con Jeremy Strong, Anthony Hopkins y los jóvenes Banks Repeta y Jaylin Webb, pero consigue que Esther funcione como una presencia familiar compleja, capaz de querer profundamente a su hijo y, al mismo tiempo, perpetuar actitudes que la película cuestiona.
9. Ocean’s 8 convirtió su imagen pública en parte del engaño

Daphne Kluger podía haber sido simplemente la celebridad superficial alrededor de la que gira el golpe, pero Hathaway entiende que el personaje funciona mucho mejor si parece consciente de la caricatura que los demás proyectan sobre ella. Su vanidad, sus gestos exagerados y su manera de controlar cualquier conversación producen comedia, aunque debajo de esa apariencia hay suficiente inteligencia como para alterar por completo el desarrollo del plan.
En un reparto donde aparecen Sandra Bullock, Cate Blanchett, Rihanna y Helena Bonham Carter, Hathaway consigue destacar sin romper la dinámica coral. Ocean’s 8 quizá no alcanza la precisión de las películas dirigidas por Steven Soderbergh, pero encuentra en Daphne su elemento más juguetón: la supuesta víctima que termina entendiendo el espectáculo mejor que buena parte de quienes intentan utilizarla.
8. Colossal convirtió una crisis personal en una película de monstruos

Nacho Vigalondo parte de una idea que parece diseñada para una comedia absurda: Gloria descubre que sus movimientos están conectados con una criatura gigantesca que aparece al otro lado del mundo. La película transforma pronto esa premisa en algo mucho más incómodo, utilizando la fantasía para hablar de alcoholismo, culpa, relaciones tóxicas y abuso.
Hathaway es fundamental porque debe sostener dos registros sin que el cambio parezca una trampa. Al principio permite que el espectador se ría con el desconcierto de Gloria, pero más adelante convierte esa misma cercanía en responsabilidad y miedo. Jason Sudeikis acompaña muy bien esa evolución con un personaje cuya aparente amabilidad va mostrando capas cada vez más oscuras. Colossal demuestra que Hathaway puede utilizar su imagen accesible para conducir una historia hacia terrenos mucho más peligrosos de lo que parecía al principio.
7. Dark Waters añadió el coste íntimo a una batalla contra el poder

En Dark Waters, Todd Haynes sigue al abogado Robert Bilott durante su investigación sobre la contaminación relacionada con DuPont, con Mark Ruffalo ocupando el centro del relato como un hombre consumido por un caso que se prolonga durante años. Hathaway interpreta a Sarah Barlage Bilott, su esposa, un personaje que fácilmente podía haber quedado reducido al papel de quien espera en casa mientras el protagonista persigue una causa mayor.
La actriz evita esa simplificación convirtiendo a Sarah en una mirada directa sobre el precio familiar de la lucha. No representa un obstáculo para la conciencia moral de Robert, sino a alguien que exige que reconozca que sus decisiones también afectan a quienes viven a su lado. Dentro de una película seca, precisa y cada vez más indignada, Hathaway aporta una dimensión íntima que impide que todo termine reducido a documentos, empresas y tribunales.
6. Brokeback Mountain marcó su transición hacia personajes adultos

Cuando Brokeback Mountain llegó a los cines, Hathaway todavía estaba fuertemente asociada a la inocencia de Princesa por sorpresa. Ang Lee la convirtió en Lureen Newsome, una mujer que conoce a Jack Twist en un rodeo, se casa con él y construye una vida atravesada por todo aquello que su marido no puede expresar públicamente.
El personaje entra en la película con seguridad, energía y una presencia casi deslumbrante, pero el paso del tiempo modifica su voz, su aspecto y la distancia con la que se relaciona con Jack. Hathaway no intenta competir con el dolor central interpretado por Heath Ledger y Jake Gyllenhaal, sino mostrar otra de sus consecuencias. La conversación telefónica del tramo final sigue siendo especialmente compleja porque cada palabra puede contener conocimiento, negación, resentimiento o autoprotección. Fue uno de los primeros papeles que dejó claro que su carrera no iba a quedar encerrada en el cine familiar.
5. El Caballero Oscuro: La leyenda renace encontró una Selina Kyle propia

Interpretar a Selina Kyle después de tantas versiones obligaba a encontrar un espacio distinto, y Christopher Nolan decidió alejarla de buena parte de la iconografía más fantástica asociada tradicionalmente a Catwoman. Hathaway conserva, sin embargo, todo lo esencial: ambigüedad, capacidad física, ironía y una facilidad enorme para controlar la percepción de quienes la rodean.
Su primera escena resume muy bien el personaje, pasando de una aparente vulnerabilidad a una amenaza calculada en cuestión de segundos. Más adelante, el baile con Bruce Wayne convierte una conversación social en un duelo entre dos personas que se reconocen como expertas en representar identidades. Aunque la película debe cerrar toda una trilogía y repartir espacio entre muchos personajes, Hathaway consigue que Selina nunca funcione únicamente como interés romántico.
4. Los miserables le dio el papel más breve y premiado de su carrera

Fantine aparece durante una parte relativamente limitada de Los miserables, pero su caída concentra buena parte de la crueldad social que mueve la historia. Hathaway modifica físicamente su aspecto, cambia su voz y permite que la cámara permanezca muy cerca durante I Dreamed a Dream, convirtiendo la interpretación en algo incómodo y prácticamente sin protección.
El recurso puede dividir a quienes prefieren una ejecución musical más limpia, pero resulta imposible separar la canción del deterioro físico y emocional del personaje. El trabajo le proporcionó el Oscar, el BAFTA, el Globo de Oro y el premio del Sindicato de Actores como secundaria, aunque su importancia va más allá de los galardones. Fantine demostró hasta qué punto Hathaway podía desprenderse de cualquier glamour y exponer por completo a un personaje frente al espectador.
3. El diablo viste de Prada convirtió a Andy Sachs en algo más que un cambio de vestuario

La presencia de Meryl Streep podía haber borrado a cualquier protagonista joven, pero El diablo viste de Prada funciona porque Hathaway hace comprensible la evolución de Andy Sachs. Empieza observando el mundo de la moda con una cierta superioridad, descubre después el placer y el poder de dominar sus códigos y termina comprendiendo el coste personal de adaptarse por completo a ese entorno.
Lo importante es que el personaje no se reduce al famoso montaje de ropa. Hathaway consigue que cada transformación exterior vaya acompañada de un cambio en la forma en que Andy mira a sus compañeros, su trabajo y a sí misma. Las relaciones sentimentales quedan en segundo plano frente a la ambición, la identidad y el precio de pertenecer a un sistema que inicialmente despreciaba. Dos décadas después, el hecho de que el personaje siga generando debates demuestra hasta qué punto esa evolución quedó llena de contradicciones interesantes.
2. Interstellar encontró en Amelia Brand una mezcla perfecta de inteligencia y fragilidad

Amelia Brand corre el riesgo de quedar eclipsada por el viaje de Cooper y por la relación entre él y su hija, pero Hathaway construye una astronauta que intenta defender la razón sin fingir que está libre de emociones. Esa tensión es precisamente lo que convierte al personaje en uno de los más interesantes de su carrera.
Su famoso discurso sobre el amor ha sido discutido desde el estreno porque Christopher Nolan lo coloca junto a hipótesis científicas y decisiones que afectan al futuro de la humanidad. Hathaway evita que suene como una negación de la lógica y lo transforma en la confesión de alguien que sabe que sus sentimientos pueden estar contaminando su criterio. En el planeta de Miller transmite urgencia y culpa, mientras que el desenlace le exige sostener una soledad casi absoluta. Brand representa muy bien esa combinación de inteligencia, vulnerabilidad y esperanza que recorre toda la película.
1. La boda de Rachel sigue siendo la interpretación más valiente de Anne Hathaway

Si este ranking valorara únicamente la calidad global de las películas, Interstellar tendría argumentos muy sólidos para ocupar el primer puesto. Pero cuando el centro está en Anne Hathaway como actriz, Rachel se casa sigue siendo el trabajo que mejor demuestra hasta dónde puede llegar sin apoyarse en espectáculo, iconografía o transformación física.
Kym abandona temporalmente un centro de rehabilitación para asistir a la boda de su hermana y llega cargada de años de dolor, culpa y necesidad de atención. Jonathan Demme rueda la celebración con una cercanía casi documental, como si el espectador fuera otro invitado obligado a permanecer en la habitación cuando las heridas familiares salen a la superficie.
Hathaway no intenta hacer agradable a Kym ni suavizar sus contradicciones. Puede ser egoísta, cruel, lúcida y profundamente vulnerable dentro de una misma conversación, y esa inestabilidad mantiene toda la película en tensión. Su primera nominación al Oscar como protagonista cambió definitivamente la percepción de su carrera, pero lo más importante es que aquí todo depende de escuchar, reaccionar y permitir que el personaje se equivoque sin pedir permiso al espectador.
Verity recupera una oscuridad que siempre ha beneficiado a Anne Hathaway
Michael Showalter ya había dirigido a Hathaway en La idea de tenerte, pero Verity la coloca en un lugar completamente distinto. Aquí no interpreta al personaje desde cuya mirada descubrimos la historia, sino a la figura que debe ser observada, interpretada y puesta constantemente en duda.
Ese cambio conecta bastante bien con una cualidad que Hathaway ha explotado varias veces: su capacidad para controlar la imagen que los demás personajes tienen de ella. Daphne Kluger en Ocean’s 8, Selina Kyle en El Caballero Oscuro: La leyenda renace o incluso personajes más incómodos de su filmografía funcionan precisamente porque Hathaway sabe utilizar su familiaridad para generar una falsa sensación de seguridad.
Por eso Verity llega en un momento especialmente interesante. La actriz ya no necesita demostrar que puede alejarse de la comedia romántica porque esa batalla quedó resuelta hace mucho tiempo. Lo que resulta atractivo ahora es verla utilizar más de veinte años de experiencia para jugar con la percepción del público, esconder intenciones y convertir una presencia reconocible en algo difícil de leer.
Si la película consigue aprovechar realmente esa ambigüedad, Verity Crawford puede terminar encontrando un espacio propio dentro de una filmografía donde los mejores trabajos de Hathaway casi siempre aparecen cuando sus personajes dejan de ser fáciles de comprender.
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