El caso de la ex priora del Convento de las Carmelitas Descalzas de Nogoyá, Luisa Ester Toledo (conocida en la vida religiosa como Madre María Isabel de la Santísima Trinidad), inspiró la estremecedora composición actoral de Lorena Vega en la serie Cautiva. La trama real detrás de la ficción ocurrió entre los muros del Monasterio de la Preciosísima Sangre en Entre Ríos y derivó en una causa judicial histórica sobre abuso eclesiástico, torturas psicológicas y privación de la libertad en un entorno de clausura papal.
La condena y el tribunal
El 28 de junio de 2019, el Tribunal de Juicio y Apelaciones de la ciudad de Gualeguay —integrado por los jueces Darío Ernesto Crespo (vocal opinante), R. Javier Cadenas y Alejandra Gómez— dictó sentencia unánime contra Luisa Ester Toledo.
Toledo fue condenada a la pena de tres años de prisión de cumplimiento efectivo como autora penalmente responsable del delito de privación ilegítima de la libertad doblemente calificada por el uso de violencia y amenazas, y por su duración superior a un mes (dos hechos en concurso real) en perjuicio de las ex religiosas Silvia Graciela Albarenque y Roxana Andrea Peña.
En el debate oral, la acusación fue ejercida por el Fiscal Coordinador, Dr. Jorge Gamal Taleb, y el fiscal Dr. Rodrigo Molina, quienes habían solicitado una pena de seis años y seis meses de prisión. La fiscalía sostuvo que la acusada instauró un régimen autoritario y desorbitado que redujo a las víctimas a la condición de siervas de su voluntad caprichosa.
Luis Toledo
Los fundamentos del fallo: qué se probó en el juicio
El fallo judicial reconstruyó de manera minuciosa lo ocurrido dentro del claustro y dio por acreditadas las siguientes proposiciones fácticas:
Retención contra la voluntad e imposibilidad de salida: Se probó que Toledo retuvo ilegítimamente a Silvia Albarenque durante casi seis años (desde 2007 hasta abril de 2013) y a Roxana Peña durante aproximadamente un año y medio (entre 2015 y marzo de 2016). Ambas le manifestaron de forma verbal y escrita su decisión de abandonar el convento o trasladarse a otro monasterio. Sin embargo, la Priora ignoró los pedidos, los rechazó bajo pretextos burocráticos o rompió y guardó las notas en lugar de darles el curso formal ante el Capítulo Conventual y el Arzobispado.
Anulación de la personalidad y cerco psíquico: La acusada sometió a las víctimas a un proceso de dominación y coacción psíquica. Les inculcaba que debían «cegar la razón», «rendir el juicio» y que cualquier disenso o intención de irse constituía una falta hacia los votos, un pecado mortal o una tentación del diablo.
Imposición de castigos corporales arbitrarios y en desuso: Se probó que Toledo aplicaba sanciones físicas que no estaban autorizadas por las Reglas y Constituciones de las Monjas Descalzas del año 1990 que regían la institución, las cuales habían eliminado los castigos corporales disciplinarios:
Disciplinas (látigos): Flagelos de soga trenzada e impregnada en cera derretida. Aunque la norma contemplaba un rezo comunitario semanal los viernes, Toledo imponía autoflagelaciones individuales e indiscriminadas en las celdas durante varios días seguidos por supuestas faltas.
Cilicios: Cinturones o ligas de alambre fino con púas metálicas dirigidas hacia la piel, cuyo uso extendía por días o semanas completas.
Mordazas: Artefactos de madera o tubos plásticos colocados en la boca y sujetados con hilos por detrás de la cabeza para imponer el «voto de silencio» durante lapsos de horas hasta una semana consecutiva, retirándolos únicamente para comer.
Cándida o «cárcel» a pan y agua: Encierros forzados en las celdas individuales durante períodos de tres a diez días, con puertas y persianas cerradas —lo que les hacía perder la noción del tiempo—, alimentadas únicamente con pan dejado en el piso y agua.
Humillaciones adicionales: Obligar a las religiosas a hacer la Señal de la Cruz en el suelo con la lengua, permanecer horas o madrugadas enteras de rodillas o postradas boca abajo en el oratorio, y rascar la tierra de la huerta con las manos tras esconderles las herramientas.
Parte del fallo con la condena a la monja
El relato de las víctimas: de la vocación al infierno
Las ex religiosas Silvia Graciela Albarenque y Roxana Andrea Peña ingresaron al Carmelo impulsadas por la fe. Sin embargo, la llegada de Luisa Toledo al priorato transformó la vida contemplativa en una pesadilla de aislamiento y suplicio.
Silvia Albarenque: «Hacía tres meses que no tenía pesadillas con ella»
Silvia Albarenque permaneció retendida contra su voluntad entre 2007 y abril de 2013. Cuando solicitó su salida por primera vez, la respuesta fue tajante:
«Yo la escuchaba a Luisa Toledo que caminaba por los pasillos… cuando terminó la oración salí y le dije que me quería ir. Ella me dijo que una esposa de Cristo nunca tenía que pensar en abandonar la casa de Dios y que nunca más vuelva a pedir eso».
Albarenque detalló ante los jueces la arbitrariedad de los castigos y el nivel de sometimiento psicológico:
«Me hizo llevar una mordaza una semana por haberle respondido mal… La primera vez me dio un tubito de Redoxon perforado con un elástico por donde pasaba la tira, como los frenos de los caballos. A veces me lo daba por tres días, a veces por ocho.»
«Instauró un sistema de cárcel. Consistía en estar encerrada todo el día en la celda con ayuno a pan y agua. Te dejaban una botellita de agua y un pan en el piso… Perdía la noción del tiempo.»
«Me decía: ‘Usted tiene que saber que cuando le falta al respeto a nuestra madre, le está faltando el respeto a Cristo. Si razona en contra de lo que nuestra madre hace, está juzgando a Cristo’.»
«A mí me dio ocho días de mordaza y aislamiento de la comunidad porque decía que yo era la manzana podrida que pudre a todas las demás.»
El impacto traumático se extendió durante años tras recuperar la libertad:
«Hace seis años y unos meses que salí del monasterio, y recién hace tres meses que no tengo pesadillas con ella. No me despierto a los gritos, transpirada entera, asustada, con miedo porque sueño que estoy ahí adentro otra vez.»
El testimonio de las carmelitas con las denuncias de torturas
Roxana Peña: «Ni en la cárcel a los presos les hacen eso»
Roxana Peña pidió formalmente su traslado o salida en reiteradas oportunidades desde 2015. Al ser rechazada, vivió sometida a tormentos físicos y humillaciones continuas:
«No se podía vivir en ese infierno… Era un convento, no era una cárcel, y yo creo que ni a los presos en una cárcel les hacen eso.»
«Iba a la celda y lloraba y lloraba… Una angustia… Yo decía: ‘Dios mío, yo me voy a condenar si sigo acá, estoy muerta en vida’.»
«Nos hacía besar el piso y hacer una cruz con la lengua: ‘Haga una cruz en el piso con la lengua y pídale a Dios las gracias porque es el diablo que la tienta y está en pecado mortal’.»
«La mordaza te la daba hasta una semana. Yo me puse un palito atado con un elástico e iba tragando saliva, me dio una descomposición… Veías a las hermanas por el claustro andando con biromes atadas en la boca; era una locura.»
Sobre los mandatos de sumisión, recordó la manipulación conceptual impuesta por la Priora:
«Nos decía que teníamos que ‘cegar la razón’, ‘rendir el juicio’ y que uno tenía que morir a sí mismo. Nos decía que teníamos que hacer ‘restricción mental’, que ocultar no era mentir.»
En marzo de 2016, desesperada tras ver que Toledo rompía sus cartas de renuncia frente a las demás, Peña ejecutó un escape planificado:
«Aproveché que estaban cambiándose de ropa para el trabajo. Tomé las llaves del coro, abrí el portón del campo que da a la calle y le pedí al parquero que me lo cerrara. Fue una escapada de película… Si le decía que quería irme de nuevo era condenarme a la muerte o que me ate con alambre de púa en la celda.»
Una escena de la serie Cautiva, que se puede ver por Flow
Testigos decisivos: «Nos manipulaba la conciencia»
Laura Lestrade (Ex carmelita y mano derecha de la Priora)
El testimonio de Laura Lestrade resultó demoledor para la defensa. Tras la intervención judicial, se comunicó con Silvia Albarenque para pedirle perdón:
«Quiero agradecerte mucho porque vos no me guardás rencor… Yo te hice sufrir mucho adentro del convento, pero quiero que sepas que nos manipulaba la conciencia. Nos hacían creer que obrábamos bien y obrábamos mal.»
Ante el tribunal, confirmaría la destrucción de las solicitudes de salida:
«Peña pidió aproximadamente siete veces el traslado y Luisa se lo negó… La Priora nos mostraba los papelitos de pedido de traslado de Peña y los rompía delante de nosotras. Decía que no la dejaba salir porque Peña iba a irse a contar las intimidades de la comunidad.»
Los familiares: «Entregué un sol y me devolvieron un cadáver»
Miguel Ángel Albarenque (Padre de Silvia): «Entregué un sol y me devolvieron una piltrafa, un cadáver… Se encargó de romper la familia. A mí me prohibió ver a mi hija durante diez años porque yo me había divorciado y para ella era un ‘pecador público’. No era la casa de Dios, era la casa del infierno.»
Marcelo Albarenque (Hermano de Silvia): «Nos enteramos del 90% de las atrocidades que vivió mi hermana recién en la entrevista con el periodista Daniel Enz en una estación de servicio… Las sanciones las imponía Toledo por capricho. El alimento a pan y agua se lo tiraban en el piso de la celda.»
Yolanda Peña (Hermana de Roxana): «Nosotras creíamos que estaba en un lugar de santidad y en realidad era un manicomio… Cuando me contó lo que vivió, le dije: ‘¿En qué parte de la Palabra de Dios dice que hay que usar una mordaza o tirar a una persona al piso de panza a hacer una cruz con la lengua?’.»
La voz de la acusación: «Prácticas medievales y dictatoriales»
El Fiscal Coordinador, Dr. Jorge Gamal Taleb, calificó el régimen de la ex Priora como un atropello sistemático a la dignidad humana:
«Presentamos a juicio un caso de graves violaciones a los derechos humanos, abuso eclesiástico y anulación de la personalidad de dos víctimas reducidas no a siervas de Dios, sino a siervas de la voluntad caprichosa de la autora.»
«Toledo se arrogó poderes propios de un dictador, gobernando los actos de las personas desde que se levantaban hasta que se acostaban… Instauró en el convento prácticas medievales y aberrantes que son contrarias al Estado de derecho y al sistema universal de derechos humanos.»
La versión de la monja condenada: «Eran mortificaciones hechas con amor»
Al declarar durante el plenario, Luisa Ester Toledo negó categóricamente los delitos e intentó justificar el uso de los instrumentos de flagelación secuestrados por la policía (14 disciplinas y 14 cilicios):
«Quiero decir primero que esos tormentos que dicen que existen en el convento nunca sucedieron ni van a suceder… Yo no soy una torturadora. Si yo hubiera torturado a alguien, yo misma me hubiera acusado.»
«En el convento no hay castigos. La penitencia está legislada: es el cilicio y la disciplina, que no duele y no pega nada… Es una mortificación nada más que hacemos con amor por la salvación de las almas.»
«Jamás encerré a nadie en la oscuridad ni les quité la comida. Las llaves estuvieron siempre colgadas a la entrada, cada religiosa podía salir cuando quería… La hermana Rosa (Roxana) se escapó.»
El fallo del Tribunal: «Un régimen de dominación y sumisión»
El voto del juez Dr. Darío Ernesto Crespo (al que adhirieron unánimemente los vocales R. Javier Cadenas y Alejandra Gómez) desarmó los argumentos de la defensa:
«Ha quedado demostrado un sistema de dominación y sumisión… Las penitencias jamás contaron con la receptación voluntaria y libre de ambas víctimas, que las cumplían a mérito de la coacción y el influjo psíquico de la autora Toledo.»
«De ninguna manera se está juzgando a la Iglesia Católica ni a la fe, sino a quien aparece de modo indubitable como responsable de conductas que reprime nuestro Código Penal, las cuales no quedan desplazadas por la normativa canónica.»
El fallo dejó sentado que el «voto de obediencia» no puede anular los derechos fundamentales consagrados por la Constitución Nacional, cerrando un precedente judicial histórico en el país.